martes, 16 de junio de 2015

ELIZABETH (Publicado en "Cuentos del Café Flor")



"Primavera y verano" de Alfons Mucha



Juan Mario me abrió la puerta del auto. Yo demoré el acto de erguirme afuera para poder mirar bien la fachada del Café Flor. Había pasado tantas veces por el frente pero, como era tan difícil reservar ahí, nunca me había ocupado demasiado en detallarlo. La entrada, con sinuosas enredaderas en metal negro y arriba del dintel, al estilo Tiffanys, el letrero: Café Flor. Y arriba de eso, un enorme ventanal. Descansaba su peso en un solo pie bajo una túnica blanca medio transparente. Tenía una mano sobre los labios en perpetua actitud de estar guardando un secreto mientras la otra se recogía el vestido en un gesto casi de pudor. Su pelo, rojo encendido como el de la esposa de Dante Gabriel Rossetti se desprendía de una moña pícara y sensual hecha con el mismo cabello y caía en bucles entrelazados con flores. Detras de la cabeza relucía una aureola dorada que representaba los rayos del sol. Me dije que de seguro era una de las esculturas del dueño. El primo de mi novio. Eso sonó en mi mente con orgullo. Aunque me pregunté por qué sólo una escultura y por qué no había nada del otro lado del ventanal. Digo, no soy artista ni nada por el estilo pero me pareció que quedaba cojo, incompleto el diseño.
Juan Mario me dio la mano, a la antigua, de éstos quedan pocos, me dije, y le sonreí. Llevaba un tiempo de estar lanzándole miradas coquetas de mi escritorio al suyo cuando por fin me paró bolas. Como andaba con la modelo esa, tan displicente, no miraba para ningún lado. Luego vino la muerte de ella, algo repentino, devastador para él, pero pasados unos meses por fin se había fijado en mí. Llevábamos casi un año saliendo cuando me dijo que él era primo del dueño del Café Flor, que nos había conseguido una reservación. El primo. El artista excéntrico y misterioso que había diseñado y decorado el Café Flor. Yo salté de la silla cuando lo oí por el teléfono. 
No andábamos muy bien por esos días. Él era tranquilo pero yo andaba en una racha de mal humor, no sé si por cambios hormonales o por el estrés que me estaba generando el nuevo jefe, un español muy intransigente que además, en eso concordaba con las otras abogadas del bufete, embestía a todas las mujeres con reclamos cargados de machismo y de misoginia que nuestros colegas hombres no notaban. El caso era que con Juan Mario habíamos tenido una pelea tras otra en ese último mes y él, aunque no me lo decía, tal vez era por eso que andaba tan distante. Cuando me llamó para invitarme, no sólo me emocioné porque era el Café Flor sino por la invitación en sí. 
Ahora paseaba mis ojos por el pasamanos que subía hasta el café, situado en el segundo piso de la construcción. Desde el primer escalón se respiraba un art nouveau exquisito que lo transportaba a uno a principios del siglo pasado. El pasamanos era de una madera amarilla, lacada, lo sostenían finos barrotes de metal negro cuyas aristas se iban girando hasta llegar a la base. Los atravesaba de una forma delicada una enredadera también en negro con hojas estilizadas, botones y pequeñas flores. Al llegar a la segunda planta, Juan Mario me dijo, entusiasta, "henos aquí". 
Estábamos ante un salón grande y bien iluminado. Vi unas pocas parejas sentadas a las mesas que parecían como de jardín, con los mismos diseños de la escalera. Giré mi cabeza hacia la izquierda y noté un cuartico más íntimo con un ventanal que, me di cuenta, daba hacia la calle. Alcancé a ver contra la ventana, de espaldas, lo que desde afuera había visto de frente. La escultura tipo Mucha. Juan Mario me jaló del brazo, suave, como él sabía hacerlo, y me indicó que nuestra mesa nos esperaba en el salón. 
Recuerdo que nos sentamos, que pedimos las onces "Café Flor", que como decía el menú, venían con diez tipos distintos de bizcochuelos y de galletas diminutas de sal y dulce, de sabores y diseños que el chef cambiaba cada día, acompañados de café, té o chocolate caliente. Recuerdo a Juan Mario hablándome de cosas de trabajo sin parar. Recuerdo, ahora que lo pienso, que la gente en las otras mesas me miraba con una mezcla de curiosidad, reverencia y compasión. Entonces, no sé de dónde, Juan Mario sacó una caja como de torta y me la dio. Era de un almacén carísimo de ropa femenina. Al abrirla, rebosó de tules blancos. Pensé en la muchacha que había visto antes. Juan Mario me dijo que me fuera al baño y me lo pusiera. "¿Ahora?", recuerdo haber preguntado. Él asintió y yo partí. 
Recuerdo haberme mirado en el espejo con un vestido exactamente como el de la chica que había visto y ver mi cara entre agradecida y extrañada. Tengo la impresión de haber vuelto a la mesa y haberme comido varios bocadillos. Sé que aunque me parecieron deliciosos, me dejaron en la boca un sabor a remedio. Después los recuerdos se fragmentan como papel desleído. No sé si me dormí o me desmayé, pero en mis oídos aún retumban cantos de voces graves en una habitación en penumbras, velones encendidos, una cruz vuelta al revés, Juan Mario en traje de franciscano pero negro, el primo dueño del café a quien había visto en las páginas sociales, también de franciscano... frío. Luego era como despertarme en medio de una operación con los médicos hablando entre ellos. Por momentos obtenía más lucidez y mi mente conseguía aferrarse a las palabras: vena femoral. Catéter. Drenar. Baño. Luna de Sangre. Vino. Incluso pude identificar frases completas: la Obra está lista. Gracias, hermano Juan Mario por esta sangre joven. El Príncipe estará satisfecho. Después, una sensación extraña en la pierna y un adormecimiento que no puedo evitar. Cuando logro abrir los ojos, estoy a unos metros de ella, la muchacha de cabellos rojos que había visto. Un olor nauseabundo nos envuelve. Siento que algo me sostiene de pie, metálico. Me aprieta la pelvis, la cintura, me comprime el pecho, me cierra la garganta, me hace doler las sienes. Los músculos no responden. Mis brazos se cruzan sobre mi pecho aprisionadas por alambres finísimos pero fuertes. Cuando logro voltearme hacia ella, un poco con la cabeza, otro tanto con los ojos, me doy cuenta de que el soporte pasa por detrás de mi cráneo. Se me cierran los ojos pero alcanzo a notar, debajo de su túnica, apenas visible, y debajo de sus bucles, que la ciñe el mismo soporte metálico y que la pose que había encontrado tan real, tan viva, había sido lograda igual que conmigo, con alambres. En ella no hay más vida que la que el escultor había simulado. Ella está lívida. Sus pupilas apuntan hacia la ventana, grandes y secas. Su mandíbula se mantiene cerrada con una trabilla. Veo en el reflejo del vidrio que mi pelo también está salpicado de flores y que detrás de mi cabeza hay una aureola con una luna plateada. Tengo tanto sueño que no me quedan fuerzas para odiar a Juan Mario ni al Café Flor. Pienso en la esposa de Dante Gabriel Rossetti. Me angustia morir sin poder recordar su nombre. Sobre todo porque persiste en mi memoria La muerte de Ofelia.

"La muerte de Ofelia" de John Everett Millais

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