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martes, 1 de septiembre de 2015

ANIMAL (publicado en "Los cuentos del Café Flor")

(Basado en "Animal" de Maroon 5 y "Paparazzi" de Lady Gaga)



Difileia Gray no estaba en el Café Flor. Yo llevaba casi una hora detrás de los matorrales en la calle del frente y ya me había cosido todos los dedos de la mano con hilo verde cuando me di cuenta de que ella no iba a llegar. La última puntada me salió con sangre. Odio cuando eso pasa. ¿No es horrible? Me gusta cuando las puntadas salen limpias. Cuando la aguja sólo atraviesa la primera capita de la piel :'(

Pero esa última puntada me ensució el hermoso verde lima del hilo que había comprado especialmente para esa tarde, porque lo noté a él.

Su cara se me hizo familiar. Estaba casi segura de haberlo visto antes fotografiando a Difileia. Quizá la vez que volé a Miami a verla asolearse en la playa. O baxteich en su último concierto. Hasta entonces, para mí ella era el ser humano más hermoso de toda la Tierra ^_^. Me encantaba oír su voz angelical entretejiéndose con la guturalidad de Thor Lichtenstein y la desfachatez de la guitarra de Bjorn Svensen.
Me sabía la obra completa, vida y milagros de Difileia. Desde ese ingenuo álbum navideño que sacó a los cinco años mezclado por su mamá en un estudio casero, pasando por la banda punk Peppersnuff y terminando en los diez años y cinco albums que llevaba como solista. De cada vestido que se ponía en los videos, tengo una copia hecha por mí. Están en mi closet, cuando quieras venir a verlas. El del cisne que llevó a los óscares, el de la jaula-falda de metal y hasta el de carne. Aunque ese no es de carne verdadera sino de filetes de tela pintados a mano. Sé, por ejemplo que su nombre viene de la Diphylleia Grayi, una flor que, cuando se moja, sus pétalos se vuelven transparentes, como de vidrio.
Asistí puntual a todas nuestras citas y siempre le enviaba una postal hecha a mano que decía: “El club de fans de Difileia Gray, sección Colombia, te desea suerte en tu concierto” y muchas caritas felices y katrinas y caritas guiñando el ojo con la lengua hacia arriba que era su sello. Ella no tenía por qué saber que yo era la presidenta pero también la única miembro (¿miembra?) del club. A ninguna de mis amigas les gustaba Gray. La verdad es que casi no tengo amigas. A veces llamo a un par de números al azar en el celular a ver quién me contesta cuando me canso de oír las voces en el televisor.
Pero esa tarde, al otro lado de la calle del Café Flor, mientras el hilo que zurcía mis dedos se teñía de vinotinto, volteé a verlo a él, con su conjunto hipster de jeans y camiseta negra, con su cámara profesional y sus doctor Martin... cuando pasó la obnubilación que siento siempre que conozco a un individuo vivo por primera vez, pensé que quizá ese podía ser el segundo ser humano más hermoso de la Tierra. Quería hablarle. Pedirle aunque fuera la hora. Pero no soy muy buena hablando con la gente. Soy mejor hablando con mis Sims o con mis habitantes de las ciudades de Zeus. O con Mario. ¡Salta, gordito! ¡Salta! Con él soy muy sucinta y sólo le hablo en imperativo. Aunque él termine haciendo lo que se le da la gana. Así son los hombres.
Luego me lo volví a encontrar en la rueda de prensa que dio en el Hotel Tequendama, a la que me colé falsificando una escarapela del diario Tempo. Estaba a varias sillas de distancia por la misma fila. ¿Se pueden imaginar? Una coincidencia muy de Matrix. O de Star Wars. Tipo, oh, sí, voy a rescatar a Leia y no sé que ella es mi propia hermana. Es tan injusto y todo eso. Ah sí, porque yo soy más vintage, como..., amo las tres primeras. Cronológicamente. Dah.
Y ahora Difileia hablaba y hablaba y yo no le estaba poniendo ni cinco de atención. Lo estaba viendo a él. Antes me arrastraba hasta la primera fila cuando nadie me veía, o me colaba en su camerino y le tomaba una foto y luego me fotochopiaba a su lado haciendo una mueca como..., mi amiga Difileia y yo somos muy locas! :):):) Pero ese día sólo pensaba en tomarle una foto a él y fotochopiarlo para que quedara en zunga y con la chocolatina. Porque así me lo imaginé. Nunca he visto a un hombre desnudo en persona, sólo por torrent. Alguna vez tuve un amigo con deberes. Porque esos no eran derechos. A él le vi de la cintura para arriba y él sí me vio toda desnuda. Sí, a eso me refiero, ríete lo que quieras. O no, quédate callada, como prefieras. Pero lo peor fue que ahí llegó su mamá y ni siquiera me tocó :(.
No me considero fea, sólo creo que el mundo de los computadores me va mejor que el mundo de los seres humanos. Siempre me pasan esas cosas T-T.
El caso fue que después de esa conferencia de prensa me puse a seguirlo. Y le anoté el nombre. Ramón. Ramón Algazara. También me pillé el nombre de la revista donde trabaja, lo feisbuquié, lo frendié, les puse laix en todas sus fotos y encontré una donde salía la placa de su casa. Ahora todos los días me paro desde temprano en la esquina de su edificio y espero a que salga. Me subo con él al transmilenio, así esté lleno. Estoy haciendo un estudio de su cara todas las mañanas para ver cómo es su biorritmo. Quiero saber si hay un patrón en su estado de ánimo para poder anticipar cuándo será el momento más propicio para abordarlo y hacerme, primero, su amiga, luego, si San Neo quiere, su novia. Y luego, por ahí en un año o dos, hacer que me pida matrimonio. No debe ser difícil. Es sólo cuestión de escribir una lista de las cosas que hacen las protagonistas de las comedias románticas para que el galán se les arrodille y les saque el anillo.
Por eso hago una foto todas las mañanas y otra todas las noches mientras duerme. Encontré una manera de meterme al garaje cuando el último carro del día llega y subir por las escaleras hasta su apartamento. Son cinco pisos pero mi Ramón lo vale. Sé que él está enamorado de Difileia, cuando vamos a las ruedas de prensa puedo ver sus ojos. Pero yo lo entiendo, yo también la amé en un momento. Por eso sé que seré una novia ejemplar, ultra abierta, cero celos. Que podremos ir a sus conciertos, porque aunque ya no la amo, puedo entender que él sí lo haga. Ella es una mujer maravillosa.

Hace un par de noches lo esperé afuera de la revista. Lo seguí a un bar donde fue con los compañeros de trabajo. Ahí se peleó con la novia. Es tan típico de él cuando está estresado... los recortes en el trabajo lo tienen pegado al techo. Conseguí cruzarme con él y ponerle un rufi en el trago. No fue nada planeado, no me malentiendas. Pero conseguí que él se fuera de ahí y cayera profundo en su cama. Y fue la primera vez que dormimos juntos. Sé lo que estás pensando pero no fue nada cochino. Sólo esperé el tiempo prudencial para seguir el mismo camino de siempre, pero con la copia que tengo de su llave, entré y me acosté a su lado. Dormimos abrazados. Desde entonces supe que él era el hombre con quien quería estar. ¿Has sentido eso tú? ¿Cómo me dijiste que te llamabas? ¿Aló? ¿¿Te has quedado dormida??

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Reportaje de la HJCK.

viernes, 17 de julio de 2015

HOMENAJE A UN ANTROPÓFAGO

Creo firmemente que no se puede hablar de gore, mucho menos de gore místico, sin mencionar el término antropofagia. Y no se puede hablar de antropofagia sin hablar de América. Me refiero, claro, a la sana costumbre de algunos grupos indígenas de nuestro continente, que evitaban la acumulativa y antihigiénica (infrahumana por demás) maña de encerrar a los enemigos (o criminales, entiéndase como se quiera), y la reemplazaban por la práctica, buena para épocas de escasez y sana costumbre de comérselos. Si lo vemos desde ese punto de vista, los precolombinos tenían un enorme sentido práctico: andaban desnudos, o ligeros de ropa, se agrupaban hasta cien personas en una sola casa, no incurrían en gastos innecesarios como comprar carros, tener internet, viajar en aviones o comprar comida en supermercados. Ellos no eran bobos, seguramente se les había ocurrido todo eso, pero su sensatez evitaba que lo llevaran a la práctica, porque preferían mantener un bajo perfil y ser ahorrativos. Eran tan ahorrativos que si alguien desconocido pasaba más cerca de su bohío que una danta, pues no lo pensaban, lo echaban a la olla. Eran tiempos difíciles.
Las recetas de muchas comunidades americanas (y hablo de la América que va de Alaska hasta la Patagónica) involucraban masas cocinadas "al hoyo" y/o envueltas en hojas de algo. Cuando ellos se comían a sus enemigos, los envolvían también, es casi seguro. Cuando llegaron los españoles, los prefirieron porque ya venían envueltos así que les ahorraban el trabajo. Sólo cambiaba el envoltorio, y el sabor adquiría una sazón que les resultó interesante. Así nació la carne al trapo.
A esta caracteristica práctica de los indígenas aludía Oswald de Andrade en los años 20 cuando escribió, en el calor tropical del Brasil, el manifesto antropófago. Pero, poniéndonos serios (no crean nada de lo que está antes de este párrafo), este movimiento se originó en 1928 con el cuadro que Tarsila do Amaral le regaló a su esposo para su cumpleaños: El “Abaporu” que significa en tupí “el hombre que come”.

Abaporu


Su esposo, Oswald de Andrade, como respuesta a este regalo, escribió el mencionado manifiesto, e inició una revolución a nivel artístico, intelectual, en fin, cultural, que pervive hasta nuestros días en el hermano país. Quizá la consigna que sintetiza el manifiesto es “Tupí or not tupí, that is the question”. Y como tupí se define: lo indígena, lo antropófago, lo desnudo. Lo desnudo como franqueza y la antropofagia como la necesidad de dejar atrás las imitaciones maniqueas de los escritores y de, en cambio, devorar, sí, todos los buenos libros que producen los europeos, pero regurgitarlos (así lo dice, no estoy inventando) en una escritura original, autóctona.

El movimiento antropófago brasileño fue precursor en nuestro vecino país, de movimientos como el tropicalismo, de los años 60. Y es aquí donde entra un cantante muy importante para dicho movimiento y a quien quisiera hacer homenaje. O, para ser más precisa, quiero hacerle homenaje a un homenaje que otra cantante le hizo. El cantante es Caetano Veloso y quien lo homenajea es Adriana Calcanhotto, nacida como artista en los años 90. Y la canción se llama  “Vamos comer Caetano” ("comámonos a Caetano"). Como se ve, el mismo título es antropófago. Y lo homenajea ni solo por las raíces antropófagas de Veloso sino porque, más concretamente, él había compuesto una canción llamada "Vamo comê" (vamos a comer) donde el cantautor bahiano en compañía de Luiz Melodia, en 1988, comienza hablando de comer "feijão" (frijol) y "farinha" (harina de yuca) y termina incitando al publico a comer "João" y "Maria" en un sentido erótico.




Adriana toma esta canción para homenajear a Veloso y la transforma en "Vamos comer Caetano".

Esta es la canción con la letra traducida al español:



Vamos a Comernos a Caetano

Vamos a comernos a Caetano
Vamos a disfrutarlo
Vamos a comernos a Caetano
Vamos a comenzarlo

Vamos a comernos a Caetano
Vamos a devorarlo
Deglutirlo, masticarlo,
Vamos a lamer la lengua

Queremos bacalao
queremos sardina
El hombre de Palo Brasil
El hombre de Paulita
Desollado por bacantes
En un espectáculo
Banqueteémonos
Orden y orgía
En la súper bacanal
Carne y carnaval

Por lo obvio
Por el incesto
Vamos a comernos a Caetano
Por la frente
Por el verso
Vamos a comerlo crudo

Vamos a comernos a Caetano
Vamos a comenzarlo
Vamos a comernos a Caetano
Vamos a revelarnos (desnudos)

La canción es un homenaje a varios ritmos afrobrasileros, combinados con sonidos electrónicos, y voces y gritos. Dichas voces, hay que anotar, pertenecen a fragmentos de canciones de Caetano Veloso.
Adriana incita al público, a los fans, con un insistente "vamos", a devorar a Caetano, el ídolo. Y menciona a las bacantes, las sacerdotisas del dios Baco. Ellas, aunque no eran antropófagas, comí sí lo eran los cíclopes, desollaban animales pequeños y se los comían crudos en las bacanales. Pero ellas, con ese acto mamívoro (me lo acabo de inventar y no, no siginifca comerse a la mamá, sino comer mamíferos), homenajeaban el mito que decía que el dios Baco, dios del vino, había sido devorado por sus ancestros, los titanes (esos sí que eran antropófagos... o deífagos que sería "los que comen dioses", porque los dioses no eran... bueno, ustedes entienden el punto). No olvidemos el famoso cuadro de Goya, "Saturno devorando a un hijo".

"Saturno devorando a un hijo" de Francisco de Goya.

Ese "vamos" de Adriana, incita a la multitud a participar del banquete, como si hubiera para todos. Es como si el cuerpo de Caetano se expandiera, se convirtiera en la imagen de la abundancia, del alimento sin límites. Como el cuerpo del dios devorado por sus hijos, sus criaturas. Por eso dice "por lo obvio, por el incesto, vamos a comernos a Caetano". Es un incesto sexual, es digestivo pero también es intelectual en el sentido que le daba de Andrade.
Por otro lado, durante la canción vemos versos como: “Orden y orgía / En la súper bacanal / Carne y carnaval”, que no hay verbos, sólo sustantivos, contrario a lo que diría el filósofo guatemalteco, "Jesús es verbo, no sustantivo". La autora no sólo nos dice de frente que vayamos a comernos a Caetano; también nos lo da como una especie de mensaje subliminal: se "come" parte de la oración para reiterar sus deseos caníbales.
Cuando hablamos especificamente del verso que dice “Orden y orgía”, Calcanhotto parodia el lema inscrito en la bandera brasileña que es: “orden y progreso”. Esa transformación tal vez se deba a lo que dice de Andrade en el manifiesto antropófago. Para los antropófagos la fecha clave es el 11 de octubre de 1492, porque ese fue el último día de la antropofagia, de la desnudez, de la verdad; el último día de la Edad de Oro como de Andrade lo llama. Así que ese verso quizá nos diga, Brasil debería devolverse a esa era, a ese día, antes de la llegada de Colón.

En conclusión y para resumir, Caetano, de estirpe antropófaga, se devoró la cultura reinante de su país, y transformó el “orden y progreso” de la bandera en un “orden y orgía”. Con esta canción, la cantante nos dice que por ese lugar que el bahiano rebelde se ganó en su país (deberíamos adoptarlo en el nuestro y dejarnos influenciar por sus ideas juveniles), Veloso debe ser devorado, disfrutado, saboreado, por sus hijos. La canción, entonces, es una arenga. No de guerra sino de carnaval, de bacanal, de fiesta. y somos nosotros, los oyentes-lectores, los responsables de llevar a cabo la acción. Esta canción es un himno antropófago que nos insta a todos a devorar conocimiento, vida, experiencia, y regurgitarlo todo creativamente en algo nuevo y único. Y al resto del mundo le dice, hay que comer Caetano, sí, pero también, hay que comer Brasil, hay que comer América.

martes, 16 de junio de 2015

ELIZABETH (Publicado en "Cuentos del Café Flor")



"Primavera y verano" de Alfons Mucha



Juan Mario me abrió la puerta del auto. Yo demoré el acto de erguirme afuera para poder mirar bien la fachada del Café Flor. Había pasado tantas veces por el frente pero, como era tan difícil reservar ahí, nunca me había ocupado demasiado en detallarlo. La entrada, con sinuosas enredaderas en metal negro y arriba del dintel, al estilo Tiffanys, el letrero: Café Flor. Y arriba de eso, un enorme ventanal. Descansaba su peso en un solo pie bajo una túnica blanca medio transparente. Tenía una mano sobre los labios en perpetua actitud de estar guardando un secreto mientras la otra se recogía el vestido en un gesto casi de pudor. Su pelo, rojo encendido como el de la esposa de Dante Gabriel Rossetti se desprendía de una moña pícara y sensual hecha con el mismo cabello y caía en bucles entrelazados con flores. Detras de la cabeza relucía una aureola dorada que representaba los rayos del sol. Me dije que de seguro era una de las esculturas del dueño. El primo de mi novio. Eso sonó en mi mente con orgullo. Aunque me pregunté por qué sólo una escultura y por qué no había nada del otro lado del ventanal. Digo, no soy artista ni nada por el estilo pero me pareció que quedaba cojo, incompleto el diseño.
Juan Mario me dio la mano, a la antigua, de éstos quedan pocos, me dije, y le sonreí. Llevaba un tiempo de estar lanzándole miradas coquetas de mi escritorio al suyo cuando por fin me paró bolas. Como andaba con la modelo esa, tan displicente, no miraba para ningún lado. Luego vino la muerte de ella, algo repentino, devastador para él, pero pasados unos meses por fin se había fijado en mí. Llevábamos casi un año saliendo cuando me dijo que él era primo del dueño del Café Flor, que nos había conseguido una reservación. El primo. El artista excéntrico y misterioso que había diseñado y decorado el Café Flor. Yo salté de la silla cuando lo oí por el teléfono. 
No andábamos muy bien por esos días. Él era tranquilo pero yo andaba en una racha de mal humor, no sé si por cambios hormonales o por el estrés que me estaba generando el nuevo jefe, un español muy intransigente que además, en eso concordaba con las otras abogadas del bufete, embestía a todas las mujeres con reclamos cargados de machismo y de misoginia que nuestros colegas hombres no notaban. El caso era que con Juan Mario habíamos tenido una pelea tras otra en ese último mes y él, aunque no me lo decía, tal vez era por eso que andaba tan distante. Cuando me llamó para invitarme, no sólo me emocioné porque era el Café Flor sino por la invitación en sí. 
Ahora paseaba mis ojos por el pasamanos que subía hasta el café, situado en el segundo piso de la construcción. Desde el primer escalón se respiraba un art nouveau exquisito que lo transportaba a uno a principios del siglo pasado. El pasamanos era de una madera amarilla, lacada, lo sostenían finos barrotes de metal negro cuyas aristas se iban girando hasta llegar a la base. Los atravesaba de una forma delicada una enredadera también en negro con hojas estilizadas, botones y pequeñas flores. Al llegar a la segunda planta, Juan Mario me dijo, entusiasta, "henos aquí". 
Estábamos ante un salón grande y bien iluminado. Vi unas pocas parejas sentadas a las mesas que parecían como de jardín, con los mismos diseños de la escalera. Giré mi cabeza hacia la izquierda y noté un cuartico más íntimo con un ventanal que, me di cuenta, daba hacia la calle. Alcancé a ver contra la ventana, de espaldas, lo que desde afuera había visto de frente. La escultura tipo Mucha. Juan Mario me jaló del brazo, suave, como él sabía hacerlo, y me indicó que nuestra mesa nos esperaba en el salón. 
Recuerdo que nos sentamos, que pedimos las onces "Café Flor", que como decía el menú, venían con diez tipos distintos de bizcochuelos y de galletas diminutas de sal y dulce, de sabores y diseños que el chef cambiaba cada día, acompañados de café, té o chocolate caliente. Recuerdo a Juan Mario hablándome de cosas de trabajo sin parar. Recuerdo, ahora que lo pienso, que la gente en las otras mesas me miraba con una mezcla de curiosidad, reverencia y compasión. Entonces, no sé de dónde, Juan Mario sacó una caja como de torta y me la dio. Era de un almacén carísimo de ropa femenina. Al abrirla, rebosó de tules blancos. Pensé en la muchacha que había visto antes. Juan Mario me dijo que me fuera al baño y me lo pusiera. "¿Ahora?", recuerdo haber preguntado. Él asintió y yo partí. 
Recuerdo haberme mirado en el espejo con un vestido exactamente como el de la chica que había visto y ver mi cara entre agradecida y extrañada. Tengo la impresión de haber vuelto a la mesa y haberme comido varios bocadillos. Sé que aunque me parecieron deliciosos, me dejaron en la boca un sabor a remedio. Después los recuerdos se fragmentan como papel desleído. No sé si me dormí o me desmayé, pero en mis oídos aún retumban cantos de voces graves en una habitación en penumbras, velones encendidos, una cruz vuelta al revés, Juan Mario en traje de franciscano pero negro, el primo dueño del café a quien había visto en las páginas sociales, también de franciscano... frío. Luego era como despertarme en medio de una operación con los médicos hablando entre ellos. Por momentos obtenía más lucidez y mi mente conseguía aferrarse a las palabras: vena femoral. Catéter. Drenar. Baño. Luna de Sangre. Vino. Incluso pude identificar frases completas: la Obra está lista. Gracias, hermano Juan Mario por esta sangre joven. El Príncipe estará satisfecho. Después, una sensación extraña en la pierna y un adormecimiento que no puedo evitar. Cuando logro abrir los ojos, estoy a unos metros de ella, la muchacha de cabellos rojos que había visto. Un olor nauseabundo nos envuelve. Siento que algo me sostiene de pie, metálico. Me aprieta la pelvis, la cintura, me comprime el pecho, me cierra la garganta, me hace doler las sienes. Los músculos no responden. Mis brazos se cruzan sobre mi pecho aprisionadas por alambres finísimos pero fuertes. Cuando logro voltearme hacia ella, un poco con la cabeza, otro tanto con los ojos, me doy cuenta de que el soporte pasa por detrás de mi cráneo. Se me cierran los ojos pero alcanzo a notar, debajo de su túnica, apenas visible, y debajo de sus bucles, que la ciñe el mismo soporte metálico y que la pose que había encontrado tan real, tan viva, había sido lograda igual que conmigo, con alambres. En ella no hay más vida que la que el escultor había simulado. Ella está lívida. Sus pupilas apuntan hacia la ventana, grandes y secas. Su mandíbula se mantiene cerrada con una trabilla. Veo en el reflejo del vidrio que mi pelo también está salpicado de flores y que detrás de mi cabeza hay una aureola con una luna plateada. Tengo tanto sueño que no me quedan fuerzas para odiar a Juan Mario ni al Café Flor. Pienso en la esposa de Dante Gabriel Rossetti. Me angustia morir sin poder recordar su nombre. Sobre todo porque persiste en mi memoria La muerte de Ofelia.

"La muerte de Ofelia" de John Everett Millais

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