Pasen, tómense un tecito de sangre de doncella con galleticas de hueso molido y conversemos.
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martes, 5 de enero de 2016
EL GRAN LIBRO DE WOODROBE
En estos días en que un nuevo año despierta y abre sus ínfimas manitas al mundo, aún con torpeza pero con una fuerza inenarrable, estaba pensando, ¿en qué? Sí, señores. Por supuesto. Es inevitable pensar en los zombies. ¿No? Bueno, quizá seré la única pero en estos días, con esta peligrosa sobrepoblación de cazadores malolientes, se me hace imposible no dedicar al menos una hora diaria a reflexionar sobre ellos.
Porque, en realidad, ¿qué tanto sabemos? Sabemos lo que nos hacen. Sabemos cómo matarlos, como burlarlos. Sabemos qué lugares evitar para no dar con ellos. Pero la verdad, hay que decirlo, todo eso es sólo la punta de un afilado colmillo.
Existe el mito de que nacieron por un virus. Que es al morder a las personas que se reproducen. Es lo que han dicho los científicos. Pero, ¿estamos dispuestos a creerles? ¿Sobre todo después de todas las mentiras que han regado sobre enfermedades y catástrofes?
Para muchos es difícil saber los detalles sociológicos, antropológicos y etnográficos de criaturas tan temibles. No se puede estar cerca de ellos sin correr peligro de morir. Casi nadie puede vivir para contar quiénes son realmente ésos a quienes llamamos, muy haitiana o quizá hollywoodense, pero en definitiva, equívocamente, zombies. Suerte que tuve que toparme con el más valioso testimonio sobre éstos que son los nuevos depredadores del hombre.
Hablo del Gran Libro de Woodrobe, el famoso arqueólogo, medio genio, medio loco, picado por la fiebre annunaki, que tanto jugo dio en la televisión hace unos años, pero que se fue un día a buscar restos alienígenas en la Sierra Nevada de Santa Marta y no volvió. El libro, del cual quizá sea menos romántico pero más verídico decir que se trata de su tablet, lo cargaba siempre en su mochila arwaca made in China y ahí consignaba sus reflexiones, hipótesis, composiciones musicales truncas (y seamos sinceros, sin valor alguno para las artes), y llegó a mis manos, no diré cómo, sólo diré lo emocionada que estuve de darme cuenta de todo lo que ponía a mi alcance.
Así que, preámbulos aparte, comenzaré a contarles lo que Woodrobe atestiguó. Sólo los primeros archivos hablan de ovnis y de reptilianos. Pero al parecer los zombies de la zona terminaron por llamar su atención mucho más.
Woodrobe afirma con vehemencia que los zombies no salen todos en masa a buscar cerebros ni a masticar nuestra carne como todo el mundo cree. Sus sistemas digestivos están en constante descomposición, no aguantan comer carne tan seguido. Salen más o menos una vez por semana, en grupos, con ciertas intermitencias. Eso sí, tienen un olfato potente y cada vez que huelen humano es como cuando uno pasa frente a una chocolatería o una pollería; no pueden aguantarse. Aunque después los ataquen potentes dolores de estómago. Por eso, el investigador tenía que frotarse en hierbas aromáticas para no ser detectado y aún así no se acercaba a ellos. Los observaba desde la distancia, como Sigourney Weaver en Gorilas en la Niebla. O como el profesor Malinowski a los africanos desde su tienda. Siempre se preguntó, como yo ahora, de dónde venían y cómo habían llegado a habitar tan cerca de nuestras ciudades. Nunca pudo respondérselo. Sólo con especulaciones de naves rigelianas, abducciones y experimentos hechos en humanos sanos. Pero nunca pudo probarlo. A mí que todo eso me parece una sarta de patrañas, sus elucubraciones psicóticas no me convencen. Así que me limito a hablar de lo que sí pudo palpar. Y no deja de sorprenderme el hecho de que sus gargantas no pueden cantar --menos hablar-- porque en algunos las cuerdas vocales están del todo extintas (a veces en vez de palabras les brotan gusanos de la boca a los "podrecitos"), y sin embargo algo los mantiene con vida. No sólo eso, parecen celebrarla. Cuando están contentos, toman los cráneos de aquéllos que se han comido y los golpean para sacar conmovedores sonidos, esto a juicio del científico que, como me di cuenta por su reacción, carecía del todo de oído musical.
En uno de los videos que encontré, Woodrobe está casi susurrando para no ser oído, por lo que se hace difícil entenderle a veces. Al hablar de los zombies, los llama palíndromos porque no se sabe si van o si vienen aunque yo discrepo de ese nombre y no lo utilizaré. El estudioso toma por casualidad a uno de ellos en medio del follaje haciendo un brazalete con raíces. Luego lo filma mientras le entrega dicho brazalete a una mujer joven cuyo cuerpo, dice el arqueólogo, aún posee cierta belleza. La pareja procede a acomodarse los pedazos de piel que se les han rasgado en la cara y a acicalarse mutuamente el poco cabello. El video, sin embargo, se prolonga por demasiado tiempo pues a parte de eso, los sujetos no hacen nada más. Al tiempo que la cámara se ladea y el ángulo de la filmación parece perder importancia, la imagen en un momento comienza a vibrar, a zangolotearse, y se oyen, detrás de la lente, pugidos, jadeos y siseos desenfrenados que me hicieron apagar la tablet de inmediato.
En el siguiente video que abrí, no sin resquemor, Woodrobe dice que a pesar del estado de los tejidos de los monstruos, es asombrosa la fuerza que tienen para correr, perseguir animales y comérselos crudos. Es cierto, esto comprueba que no son "humanívoros" exclusivamente. Los sitúa como seres muy básicos que no conocen el fuego, pero luego hace un enorme descubrimiento, o varios, si se puede decir así: el primero es que cuando cazan, ellos tumban a la presa, la matan al instante, la desmiembran, se reparten las piezas, se las llevan andando en fila hasta un lugar plano, se sientan en círculo y se las comen con parsimonia. A Woodrobe le asombró el afán de comer porque en muchos la comida se escapa por los hoyos de podredumbre en el cuello, en los costillares de algunos, en el abdomen. También al igual que yo se sintió desconcertado al ver que, contrario a lo que se ha dicho, lo que ellos muerden no vuelve a la vida.
Hay que hacer una importante salvedad, pues ellos en su comunidad andan desnudos. Las ropas permanecen siempre limpias en un sitio que las resguarda de la lluvia y la aspersión de sus tejidos en decadencia. Las cuidan como reliquias. De repente un día, varios, a punta de señas, gruñidos, toses y jadeos, parecen convenir ponérselas, como si fueran trajes camuflados, y salen hacia la ciudad para buscar humanos. Ellos creen, o eso supone el investigador, que así pasarán inadvertidos.
El segundo descubrimiento, no crean que pierdo el hilo del relato, es que después de esas bacanales de humanos (que, como dice el loco Woodrobe, deben ser muy llenadoras), el grupo que ha salido a cazar, en la noche, que muchas veces es de luna llena aunque no todas, se van adonde el cielo se les ofrezca despejado, suben sus cabezas, algunos se quitan la suya para ver mejor, y se quedan extasiados mirando el cielo. Comienzan a balancearse y a gemir quedo, como enfermos o como en un extremo placer. Y así, suave, lento, comienzan a despojarse unos a otros de las ropas, de los miembros, de los restos de piel que les quedan, hasta que quedan meros trozos de hueso, girones de piel y ropas dobladas en el suelo. Woodrobe comenta, triste, que la noche que logró grabar eso que él llamó ritual, la tablet se quedó sin batería y él además había tenido un día tan tenso que se quedó dormido y no registró lo que pasaba después, pero cuando despertó con el canto de los pájaros, no vio nada, ni las ropas, ni los huesos despedazados ni los trozos de piel. Con ira, con vergüenza, con pesadumbre, volvió al caserío rústico de palos mal puestos donde viven esas gentes y vio al mismo grupo pero sin gusanos, la piel tersa y flexible, los ojos con brillo como si fuéramos nosotros. Los delata quizá la carencia de habla que permanece aún después de ese hecho inexplicable, atribuible, según yo, a la brujería; según él, al contacto con extraterrestres.
Los zombies (aún me río del nombre "palíndromo" para llamar a estas criaturas), después de rejuvenecer, pasan horas zapateando contra el suelo, sin más música que el golpear de cráneos de animales y de humanos (verlos hacer eso es asombroso y aterrador, insisto, por la carencia de ritmo y de coordinación) y se echan a la boca una mezcla de escupitajos y orina que todos vacían en un cuenco, por lo general robado de casas humanas, y lo beben alegres, tal vez porque no se les sale del cuerpo.
Aparte de esto, de cazar, de lavar las ropas, de usarlas para procurar carne humana, del extraño ritual de la noche y el desmembramiento y de esos bailes, no tienen tanto. No documentado al menos. Pero en los videos yo observo que hay tanto misterio, tanta lejanía que ameritaría un estudio más profundo.
Sobre Woodrobe, el indígena kogui que me entregó su equipaje austero, me dijo que el hombre, después de meses de bajar al pueblo una vez por semana, un día simplemente no apareció más. Que sospecha que se lo comieron. Los equipos de rescate no se atreven a adentrarse en zona de zombies. Prefieren que quede como en "Mi alma se la dejo al Diablo" o en "La Vorágine". Prefieren pensar que se lo tragó la manigua. A mí me queda la duda pero soy demasiado cobarde. Tan cobarde como esos equipos de rescate. Cobarde y a la vez obsesionada por tener un sueño lejano, un sueño para tal vez nunca cumplir: terminar el estudio de Woodrobe.
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lunes, 21 de septiembre de 2015
RITA
Rita
reside en la biblioteca del colegio. Recorre a diario sus dominios,
los pasillos que interconectan las casetas prefabricadas del colegio.
De su vida pasada supe muy poco. Pero infiero que ha venido del Viejo
Continente al finalizar la Segunda Guerra Mundial en una caja enorme
y sellada.
Era
enorme, de una obesidad terráquea en los senos y la panza,
disimulada bajo faldas anchas y largas hasta abajo de las rodillas.
Sus piernas eran gruesas y largas. Medía un metro ochenta, más o
menos. Usaba sastres de lana burda y de colores pastel, blusas
siempre blancas abotonadas hasta el cuello y mocacines de punta
chata. Su pelo, alguna vez rubio o castaño claro, iba siempre corto
y enrulado, como una promesa de french poodle que al ir de la frente
hacia abajo concluía en una desilusión aterradora cuando uno se
encontraba con sus ojos verdes, casi grises, casi blancos, redondos, venosos y
saltones. Sus narinas eran afiladas, siempre erizadas y sus fauces
permanecían en una mueca de incomodo. Narinas y comisuras se
relajaban sólo cuando se hallaban frente a una niña rubia.
La
biblioteca del colegio expelía un olor azufrado todo el día. Los
cigarrillos que Rita mantenía apretados contra la comisura mantenían
el nivel de alquitrán apropiado para sus pulmones. Los iba dejando
consumir de forma distraida mientras hacía manualidades, con la
Walkiria o alguna otra obra de Wagner al fondo. Si uno permanecía lo
suficiente en la biblioteca, podía oír Die Nibelungen Lied
completo.
Conocí
a Rita al primero o segundo día de entrar al colegio, cuando yo
tenía la diminuta edad de 6 años. Me sentó en sus piernas y aspiré
su aura amarga con un fondo a salitre. Ella sostenía entre sus
anchos, gruesos dedos de uñas rosado gris, un librito cuyas páginas
eran de calcomanías de un personaje para mí desconocido: La
conejita Mifi. Rita lo cerró de nuevo, lo hizo pasar frente a mis
ojos, lentamente, y se lo dio sonriendo a otra niña. Me pregunté
qué había que hacer para merecer un presente como ese, un souvenir
de tierras lejanas. Las destinatarias de su cariño materializado en
calcomanías y chocolatinas siempre eran otras niñas y con el tiempo
me di cuenta de que siempre eran rubias. Pero ese día era aún muy
temprano para saberlo, y menos para predecir la razón por la que
Rita me había sentado en su regazo. No lo intui cuando el hedor de
su aura se intensificó en mi nariz, cuando sentí su hálito en mi
mejilla. La dureza de sus dientes ahorcando mi piel me tomó por
sorpresa. Así fue como Rita me marcó. Desde entonces le temí a las
bibliotecas.
La
biblioteca del colegio era una cueva. La parte soleada estaba bajo el
dintel de la puerta. El resto era penumbra llena de humo. Y en el
fondo, bajo una lámpara egoísta, los ojos que a la luz parecían
sin iris, sólo con dos pupilas negras y punzantes, el rojo del
cigarrillo consumiéndose en el nacimiento de la humareda y sus manos
gruesas, pintando. Rita hacia esténciles de Mifi y los coloreaba sin
defectos. Usaba verdes, azules, casi ningún color cálido. De
repente se alzaba como un sapo al acecho y gritaba algo con su voz
ronca. ¿A quién? A alguna de sus asistentes. Las niñas de cabezas
rubias se convertían en sus esclavas en los recreos, organizaban las
enciclopedias, recibían los libros que devolvían y los clasificaban
alfabéticamente. Una que otra vez, al entrar por alguna emergencia,
las vi con sus caras obnubiladas por la promesa de un regalo. Una que
otra vez vi entre ellas alguna cabeza amerindia o mestiza. Pero
supongo que entre la penumbra y el humo, todas eran iguales ante los
ojos de Rita.
Sobre
la voz de Rita, durante mi vida escolar tuve varias hipótesis. La
primera era que Rita era en realidad un hombre. La segunda, que era
un alien. La tercera se me ocurrió hace muy pocos años, al pensar
en ese timbre ronco, cascajoso y siempre forzado a sonar a decibeles
altos. Cuando Rita hablaba era como oír a una Valkiria cantar con
catarro. Al verla, era como ver al dragón de los Nibelungos.
Rita
también era la profesora de cocina de los últimos cursos de la
secundaria. Sabía deliciosas recetas europeas, como el apfel
strudel, el escalope de ternera alla romana y las inolvidables
nurembergalemburger o, simplemente, galletas de mantequilla. En una
de sus clases, sentadas alrededor de una mesa, Rita hablaba de la
receta y a mí se me quitaba el apetito. Costaba dejar de percibir su
aura de fumadora, su mirada siempre al borde del regaño, su voz
cascajosa y ronca, para imaginar el sabor y el olor del plato. Y en
eso estaba, en tratar de concentrarme, cuando vi a mi lado, a dos
amigas mías pasándose papelitos por debajo de la mesa, el texting
de la época. De repente se hizo un silencio de ultratumba, el aire
se llenó de espinas, el tiempo asustado se detuvo y se oyó la voz
volcánica de Rita:
¿Qué
están haciendo ustedes dos, agarrándose las manos por debajo de la
mesa? Lo que nos faltaba, lesbianas en mi clase.
Teníamos
entre doce y trece años. Éramos hijas de los setenta. Estábamos en
la prehistoria del internet. Nos quedamos calladas, mi cabeza no pudo
seguir concentrándose en la receta y cuando salimos de la clase
comenzamos a especular las tres lo que era una lesbiana, si una
traficante de papeles de contrabando, una ladrona o simplemente
alguien obsesionado con agarrarle las manos a la gente.
Hoy, cuando la gente me pregunta qué me marcó más durante mi infancia, no puedo dejar de pensar en Rita, ni de tocarme el cachete.
martes, 28 de julio de 2015
PEDRO
Desde el momento en que a
Pedro no pudieron encontrarle la vena para tomarle la muestra de
sangre, se preocupó. La verdad, ya venía bastante inquieto desde
que se subió al taxi al no poder dar la dirección. Simplemente no
le salieron las palabras. No era que las hubiera olvidado, pero su
garganta solo quería gruñir. Le tocó abrir la puerta del carro en
movimiento y saltar.
El electrocardiógrafo no
registró pulso, los doctores pensaron que la máquina se había
dañado. Pero Pedro venía con muchos problemas. La apariencia de su
piel, cianótica, poco flexible, fría. El hematoma a lo largo de
toda la espalda. Las articulaciones y los músculos que se le iban
endureciendo a medida que pasaban las horas. Los ojos que a cada
minuto le servían menos para ver. Señor, qué siente, le preguntó
el médico general cuando lo recibió. Pedro sólo gruñó con
desaprobación. No pudo contarle la historia que comenzó tan
graciosa con una pérdida del equilibrio.
El reflejo rotuliano no
le funcionó. Y ahí comenzó la chorrera de exámenes. Nadie podía
explicarse nada. Y él tampoco los podía ayudar. Recordaba todo. La
gotera. La traída de la escalera. El resbalón. Pero las palabras no
le salían. Y la mandíbula se le estaba endureciendo.
Cuando le palparon el
abdomen y lo auscultaron, no se oía nada. Tal como había pasado con
su corazón. Lo mandaron para ecografía. Los médicos y los técnicos
intercambiaban silencios y miradas consternadas. Sus órganos se
estaban necrosando. Y él no se veía bien. Especulaban si estaban
frente a una nueva enfermedad.
Casi por deporte, por
morbo quizá, pero sobre todo, porque se encontraban abrumados, le
ordenaron un TAC cerebral. Había irrigación en el cerebelo y en el
bulbo pero en el cerebro apenas sí se veían ríos endebles. El
interior de su cabeza se parecía más a los paisajes desérticos de
Marte que a algo orgánico.
Pedro olía muy mal. Él
lo sabía. Lo sentía. El olfato se le había agudizado. Oler su
propia inmundicia era una tortura. Intentó explicarles que su
accidente había ocurrido ya hacía seis horas. Que había quedado
inconsciente y que lo primero que había pensado al abrir los ojos
era que, antes de intentar arrancarse de la cabeza el rastrillo de
jardinería, debía ir a un hospital. Ahí todavía era capaz de
razonar. Pero a medida que el sol bajaba hacia el poniente, le
costaba más trabajo. Al final sólo podía pensar en que le estaba
dando mucha hambre pero que no quería empanadas como cuando se
despertó, ni carne asada, sino llanamente carne.
Le pedían que caminara
de aquí para allá y de allá para acullá y lo observaban. Habían
dejado de burlarse del caminado de otros desde la primaria pero
esto... no, no era para risas. Ver a un hombre con una herramienta
clavada en la cabeza, cubierto de sangre, caminando a duras penas
como si fuera un tullido, no era motivo de burla... ¿O sí?
Cuando ya se hacía
oscuro afuera, por primera vez a un hombre de blanco se le ocurrió
decir lo que los demás callaban: pero si este hombre está muerto.
Casi al mismo tiempo, a Pedro le dieron ganas de morderlo. Como lo
había hecho esa rata en el tejado esa mañana. Esa rata que ahora
que lo pensaba no se veía muy viva cuando, aparecida de la nada, le
clavó los dientes, lo hizo perder el equilibrio y caer de semejante
altura sobre el rastrillo.
viernes, 17 de julio de 2015
HOMENAJE A UN ANTROPÓFAGO
Creo firmemente que no se puede hablar de gore, mucho menos de gore místico, sin mencionar el término antropofagia. Y no se puede hablar de antropofagia sin hablar de América. Me refiero, claro, a la sana costumbre de algunos grupos indígenas de nuestro continente, que evitaban la acumulativa y antihigiénica (infrahumana por demás) maña de encerrar a los enemigos (o criminales, entiéndase como se quiera), y la reemplazaban por la práctica, buena para épocas de escasez y sana costumbre de comérselos. Si lo vemos desde ese punto de vista, los precolombinos tenían un enorme sentido práctico: andaban desnudos, o ligeros de ropa, se agrupaban hasta cien personas en una sola casa, no incurrían en gastos innecesarios como comprar carros, tener internet, viajar en aviones o comprar comida en supermercados. Ellos no eran bobos, seguramente se les había ocurrido todo eso, pero su sensatez evitaba que lo llevaran a la práctica, porque preferían mantener un bajo perfil y ser ahorrativos. Eran tan ahorrativos que si alguien desconocido pasaba más cerca de su bohío que una danta, pues no lo pensaban, lo echaban a la olla. Eran tiempos difíciles.
Las recetas de muchas comunidades americanas (y hablo de la América que va de Alaska hasta la Patagónica) involucraban masas cocinadas "al hoyo" y/o envueltas en hojas de algo. Cuando ellos se comían a sus enemigos, los envolvían también, es casi seguro. Cuando llegaron los españoles, los prefirieron porque ya venían envueltos así que les ahorraban el trabajo. Sólo cambiaba el envoltorio, y el sabor adquiría una sazón que les resultó interesante. Así nació la carne al trapo.
A esta caracteristica práctica de los indígenas aludía Oswald de Andrade en los años 20 cuando escribió, en el calor tropical del Brasil, el manifesto antropófago. Pero, poniéndonos serios (no crean nada de lo que está antes de este párrafo), este movimiento se originó en 1928 con el cuadro que Tarsila do Amaral le regaló a su esposo para su cumpleaños: El “Abaporu” que significa en tupí “el hombre que come”.
| Abaporu |
Su esposo, Oswald de Andrade, como respuesta a este regalo, escribió el mencionado manifiesto, e inició una revolución a nivel artístico, intelectual, en fin, cultural, que pervive hasta nuestros días en el hermano país. Quizá la consigna que sintetiza el manifiesto es “Tupí or not tupí, that is the question”. Y como tupí se define: lo indígena, lo antropófago, lo desnudo. Lo desnudo como franqueza y la antropofagia como la necesidad de dejar atrás las imitaciones maniqueas de los escritores y de, en cambio, devorar, sí, todos los buenos libros que producen los europeos, pero regurgitarlos (así lo dice, no estoy inventando) en una escritura original, autóctona.
El movimiento antropófago brasileño fue precursor en nuestro vecino país, de movimientos como el tropicalismo, de los años 60. Y es aquí donde entra un cantante muy importante para dicho movimiento y a quien quisiera hacer homenaje. O, para ser más precisa, quiero hacerle homenaje a un homenaje que otra cantante le hizo. El cantante es Caetano Veloso y quien lo homenajea es Adriana Calcanhotto, nacida como artista en los años 90. Y la canción se llama “Vamos comer Caetano” ("comámonos a Caetano"). Como se ve, el mismo título es antropófago. Y lo homenajea ni solo por las raíces antropófagas de Veloso sino porque, más concretamente, él había compuesto una canción llamada "Vamo comê" (vamos a comer) donde el cantautor bahiano en compañía de Luiz Melodia, en 1988, comienza hablando de comer "feijão" (frijol) y "farinha" (harina de yuca) y termina incitando al publico a comer "João" y "Maria" en un sentido erótico.
Adriana toma esta canción para homenajear a Veloso y la transforma en "Vamos comer Caetano".
Esta es la canción con la letra traducida al español:
Vamos a Comernos a Caetano
Vamos a comernos a Caetano
Vamos a disfrutarlo
Vamos a comernos a Caetano
Vamos a comenzarlo
Vamos a comernos a Caetano
Vamos a devorarlo
Deglutirlo, masticarlo,
Vamos a lamer la lengua
Queremos bacalao
queremos sardina
El hombre de Palo Brasil
El hombre de Paulita
Desollado por bacantes
En un espectáculo
Banqueteémonos
Orden y orgía
En la súper bacanal
Carne y carnaval
Por lo obvio
Por el incesto
Vamos a comernos a Caetano
Por la frente
Por el verso
Vamos a comerlo crudo
Vamos a comernos a Caetano
Vamos a comenzarlo
Vamos a comernos a Caetano
Vamos a revelarnos (desnudos)
La canción es un homenaje a varios ritmos afrobrasileros, combinados con sonidos electrónicos, y voces y gritos. Dichas voces, hay que anotar, pertenecen a fragmentos de canciones de Caetano Veloso.
Adriana incita al público, a los fans, con un insistente "vamos", a devorar a Caetano, el ídolo. Y menciona a las bacantes, las sacerdotisas del dios Baco. Ellas, aunque no eran antropófagas, comí sí lo eran los cíclopes, desollaban animales pequeños y se los comían crudos en las bacanales. Pero ellas, con ese acto mamívoro (me lo acabo de inventar y no, no siginifca comerse a la mamá, sino comer mamíferos), homenajeaban el mito que decía que el dios Baco, dios del vino, había sido devorado por sus ancestros, los titanes (esos sí que eran antropófagos... o deífagos que sería "los que comen dioses", porque los dioses no eran... bueno, ustedes entienden el punto). No olvidemos el famoso cuadro de Goya, "Saturno devorando a un hijo".
![]() |
| "Saturno devorando a un hijo" de Francisco de Goya. |
Ese "vamos" de Adriana, incita a la multitud a participar del banquete, como si hubiera para todos. Es como si el cuerpo de Caetano se expandiera, se convirtiera en la imagen de la abundancia, del alimento sin límites. Como el cuerpo del dios devorado por sus hijos, sus criaturas. Por eso dice "por lo obvio, por el incesto, vamos a comernos a Caetano". Es un incesto sexual, es digestivo pero también es intelectual en el sentido que le daba de Andrade.
Por otro lado, durante la canción vemos versos como: “Orden y orgía / En la súper bacanal / Carne y carnaval”, que no hay verbos, sólo sustantivos, contrario a lo que diría el filósofo guatemalteco, "Jesús es verbo, no sustantivo". La autora no sólo nos dice de frente que vayamos a comernos a Caetano; también nos lo da como una especie de mensaje subliminal: se "come" parte de la oración para reiterar sus deseos caníbales.
Cuando hablamos especificamente del verso que dice “Orden y orgía”, Calcanhotto parodia el lema inscrito en la bandera brasileña que es: “orden y progreso”. Esa transformación tal vez se deba a lo que dice de Andrade en el manifiesto antropófago. Para los antropófagos la fecha clave es el 11 de octubre de 1492, porque ese fue el último día de la antropofagia, de la desnudez, de la verdad; el último día de la Edad de Oro como de Andrade lo llama. Así que ese verso quizá nos diga, Brasil debería devolverse a esa era, a ese día, antes de la llegada de Colón.
En conclusión y para resumir, Caetano, de estirpe antropófaga, se devoró la cultura reinante de su país, y transformó el “orden y progreso” de la bandera en un “orden y orgía”. Con esta canción, la cantante nos dice que por ese lugar que el bahiano rebelde se ganó en su país (deberíamos adoptarlo en el nuestro y dejarnos influenciar por sus ideas juveniles), Veloso debe ser devorado, disfrutado, saboreado, por sus hijos. La canción, entonces, es una arenga. No de guerra sino de carnaval, de bacanal, de fiesta. y somos nosotros, los oyentes-lectores, los responsables de llevar a cabo la acción. Esta canción es un himno antropófago que nos insta a todos a devorar conocimiento, vida, experiencia, y regurgitarlo todo creativamente en algo nuevo y único. Y al resto del mundo le dice, hay que comer Caetano, sí, pero también, hay que comer Brasil, hay que comer América.
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