Pasen, tómense un tecito de sangre de doncella con galleticas de hueso molido y conversemos.
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martes, 5 de enero de 2016
EL GRAN LIBRO DE WOODROBE
En estos días en que un nuevo año despierta y abre sus ínfimas manitas al mundo, aún con torpeza pero con una fuerza inenarrable, estaba pensando, ¿en qué? Sí, señores. Por supuesto. Es inevitable pensar en los zombies. ¿No? Bueno, quizá seré la única pero en estos días, con esta peligrosa sobrepoblación de cazadores malolientes, se me hace imposible no dedicar al menos una hora diaria a reflexionar sobre ellos.
Porque, en realidad, ¿qué tanto sabemos? Sabemos lo que nos hacen. Sabemos cómo matarlos, como burlarlos. Sabemos qué lugares evitar para no dar con ellos. Pero la verdad, hay que decirlo, todo eso es sólo la punta de un afilado colmillo.
Existe el mito de que nacieron por un virus. Que es al morder a las personas que se reproducen. Es lo que han dicho los científicos. Pero, ¿estamos dispuestos a creerles? ¿Sobre todo después de todas las mentiras que han regado sobre enfermedades y catástrofes?
Para muchos es difícil saber los detalles sociológicos, antropológicos y etnográficos de criaturas tan temibles. No se puede estar cerca de ellos sin correr peligro de morir. Casi nadie puede vivir para contar quiénes son realmente ésos a quienes llamamos, muy haitiana o quizá hollywoodense, pero en definitiva, equívocamente, zombies. Suerte que tuve que toparme con el más valioso testimonio sobre éstos que son los nuevos depredadores del hombre.
Hablo del Gran Libro de Woodrobe, el famoso arqueólogo, medio genio, medio loco, picado por la fiebre annunaki, que tanto jugo dio en la televisión hace unos años, pero que se fue un día a buscar restos alienígenas en la Sierra Nevada de Santa Marta y no volvió. El libro, del cual quizá sea menos romántico pero más verídico decir que se trata de su tablet, lo cargaba siempre en su mochila arwaca made in China y ahí consignaba sus reflexiones, hipótesis, composiciones musicales truncas (y seamos sinceros, sin valor alguno para las artes), y llegó a mis manos, no diré cómo, sólo diré lo emocionada que estuve de darme cuenta de todo lo que ponía a mi alcance.
Así que, preámbulos aparte, comenzaré a contarles lo que Woodrobe atestiguó. Sólo los primeros archivos hablan de ovnis y de reptilianos. Pero al parecer los zombies de la zona terminaron por llamar su atención mucho más.
Woodrobe afirma con vehemencia que los zombies no salen todos en masa a buscar cerebros ni a masticar nuestra carne como todo el mundo cree. Sus sistemas digestivos están en constante descomposición, no aguantan comer carne tan seguido. Salen más o menos una vez por semana, en grupos, con ciertas intermitencias. Eso sí, tienen un olfato potente y cada vez que huelen humano es como cuando uno pasa frente a una chocolatería o una pollería; no pueden aguantarse. Aunque después los ataquen potentes dolores de estómago. Por eso, el investigador tenía que frotarse en hierbas aromáticas para no ser detectado y aún así no se acercaba a ellos. Los observaba desde la distancia, como Sigourney Weaver en Gorilas en la Niebla. O como el profesor Malinowski a los africanos desde su tienda. Siempre se preguntó, como yo ahora, de dónde venían y cómo habían llegado a habitar tan cerca de nuestras ciudades. Nunca pudo respondérselo. Sólo con especulaciones de naves rigelianas, abducciones y experimentos hechos en humanos sanos. Pero nunca pudo probarlo. A mí que todo eso me parece una sarta de patrañas, sus elucubraciones psicóticas no me convencen. Así que me limito a hablar de lo que sí pudo palpar. Y no deja de sorprenderme el hecho de que sus gargantas no pueden cantar --menos hablar-- porque en algunos las cuerdas vocales están del todo extintas (a veces en vez de palabras les brotan gusanos de la boca a los "podrecitos"), y sin embargo algo los mantiene con vida. No sólo eso, parecen celebrarla. Cuando están contentos, toman los cráneos de aquéllos que se han comido y los golpean para sacar conmovedores sonidos, esto a juicio del científico que, como me di cuenta por su reacción, carecía del todo de oído musical.
En uno de los videos que encontré, Woodrobe está casi susurrando para no ser oído, por lo que se hace difícil entenderle a veces. Al hablar de los zombies, los llama palíndromos porque no se sabe si van o si vienen aunque yo discrepo de ese nombre y no lo utilizaré. El estudioso toma por casualidad a uno de ellos en medio del follaje haciendo un brazalete con raíces. Luego lo filma mientras le entrega dicho brazalete a una mujer joven cuyo cuerpo, dice el arqueólogo, aún posee cierta belleza. La pareja procede a acomodarse los pedazos de piel que se les han rasgado en la cara y a acicalarse mutuamente el poco cabello. El video, sin embargo, se prolonga por demasiado tiempo pues a parte de eso, los sujetos no hacen nada más. Al tiempo que la cámara se ladea y el ángulo de la filmación parece perder importancia, la imagen en un momento comienza a vibrar, a zangolotearse, y se oyen, detrás de la lente, pugidos, jadeos y siseos desenfrenados que me hicieron apagar la tablet de inmediato.
En el siguiente video que abrí, no sin resquemor, Woodrobe dice que a pesar del estado de los tejidos de los monstruos, es asombrosa la fuerza que tienen para correr, perseguir animales y comérselos crudos. Es cierto, esto comprueba que no son "humanívoros" exclusivamente. Los sitúa como seres muy básicos que no conocen el fuego, pero luego hace un enorme descubrimiento, o varios, si se puede decir así: el primero es que cuando cazan, ellos tumban a la presa, la matan al instante, la desmiembran, se reparten las piezas, se las llevan andando en fila hasta un lugar plano, se sientan en círculo y se las comen con parsimonia. A Woodrobe le asombró el afán de comer porque en muchos la comida se escapa por los hoyos de podredumbre en el cuello, en los costillares de algunos, en el abdomen. También al igual que yo se sintió desconcertado al ver que, contrario a lo que se ha dicho, lo que ellos muerden no vuelve a la vida.
Hay que hacer una importante salvedad, pues ellos en su comunidad andan desnudos. Las ropas permanecen siempre limpias en un sitio que las resguarda de la lluvia y la aspersión de sus tejidos en decadencia. Las cuidan como reliquias. De repente un día, varios, a punta de señas, gruñidos, toses y jadeos, parecen convenir ponérselas, como si fueran trajes camuflados, y salen hacia la ciudad para buscar humanos. Ellos creen, o eso supone el investigador, que así pasarán inadvertidos.
El segundo descubrimiento, no crean que pierdo el hilo del relato, es que después de esas bacanales de humanos (que, como dice el loco Woodrobe, deben ser muy llenadoras), el grupo que ha salido a cazar, en la noche, que muchas veces es de luna llena aunque no todas, se van adonde el cielo se les ofrezca despejado, suben sus cabezas, algunos se quitan la suya para ver mejor, y se quedan extasiados mirando el cielo. Comienzan a balancearse y a gemir quedo, como enfermos o como en un extremo placer. Y así, suave, lento, comienzan a despojarse unos a otros de las ropas, de los miembros, de los restos de piel que les quedan, hasta que quedan meros trozos de hueso, girones de piel y ropas dobladas en el suelo. Woodrobe comenta, triste, que la noche que logró grabar eso que él llamó ritual, la tablet se quedó sin batería y él además había tenido un día tan tenso que se quedó dormido y no registró lo que pasaba después, pero cuando despertó con el canto de los pájaros, no vio nada, ni las ropas, ni los huesos despedazados ni los trozos de piel. Con ira, con vergüenza, con pesadumbre, volvió al caserío rústico de palos mal puestos donde viven esas gentes y vio al mismo grupo pero sin gusanos, la piel tersa y flexible, los ojos con brillo como si fuéramos nosotros. Los delata quizá la carencia de habla que permanece aún después de ese hecho inexplicable, atribuible, según yo, a la brujería; según él, al contacto con extraterrestres.
Los zombies (aún me río del nombre "palíndromo" para llamar a estas criaturas), después de rejuvenecer, pasan horas zapateando contra el suelo, sin más música que el golpear de cráneos de animales y de humanos (verlos hacer eso es asombroso y aterrador, insisto, por la carencia de ritmo y de coordinación) y se echan a la boca una mezcla de escupitajos y orina que todos vacían en un cuenco, por lo general robado de casas humanas, y lo beben alegres, tal vez porque no se les sale del cuerpo.
Aparte de esto, de cazar, de lavar las ropas, de usarlas para procurar carne humana, del extraño ritual de la noche y el desmembramiento y de esos bailes, no tienen tanto. No documentado al menos. Pero en los videos yo observo que hay tanto misterio, tanta lejanía que ameritaría un estudio más profundo.
Sobre Woodrobe, el indígena kogui que me entregó su equipaje austero, me dijo que el hombre, después de meses de bajar al pueblo una vez por semana, un día simplemente no apareció más. Que sospecha que se lo comieron. Los equipos de rescate no se atreven a adentrarse en zona de zombies. Prefieren que quede como en "Mi alma se la dejo al Diablo" o en "La Vorágine". Prefieren pensar que se lo tragó la manigua. A mí me queda la duda pero soy demasiado cobarde. Tan cobarde como esos equipos de rescate. Cobarde y a la vez obsesionada por tener un sueño lejano, un sueño para tal vez nunca cumplir: terminar el estudio de Woodrobe.
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jueves, 24 de diciembre de 2015
NAVIDAD, NAVIDAD, DULCE NAVIDAD
Había dos veces dos Marías que eran hermanas gemelas y vivían en Tierra Santa. Las dos hacían parte del harem de José. Como él tenía una fábrica de muebles, no tenía tiempo para acostarse con ellas. Algunos de sus vecinos de la cuadra decían que ellas eran en realidad hombres. Otros decían que eran vírgenes, pero esos eran menos.
En el lejano Oriente, cerca a las Guyanas, había unos reyes magos. Eran unos reyes que hacían magia. Se habían quebrado y por eso se dedicaban a entretener niños en piñatas y mujeres solas en ciertos locales nocturnos. Pero en sus ratos libres, se dedicaban a leer el horóscopo en el periódico. Ahí vieron un día el siguiente mensaje: "Sigue la estrella más iluminada y te encontrarás con un bebé que cambiará tu vida". Ellos lo interpretaron como que iba a haber un bautizo anunciado con luces estroboscópicas muy potentes y que quien hiciera una fiesta tan garra para un bebé, les podría pagar muy bien por sus rutinas de magia.
Pero no eran luces artificiales porque no habían sido inventadas. Era de hecho una estrella, que había sido llamada a hacer un alumbramiento. Como en esa época los quirófanos no tenían luz, si el nacimiento era de noche, era un problema. Muchas mujeres habían sido quemadas por los doctores en el afán de ellos por ver cómo venía el bebé. Algunas veces el doctor terminaba sacándoles el apéndice en vez del niño. Entonces el Altísimo tenía miedo de que el niño o la elegida para parirlo resultaran con la marca de la bestia. De la bestia del doctor.
Volviendo a las dos del paseo, volvían todas satisfechas del bosque, con los cabellos revueltos, los vestidos rasgados y una sonrisa que no les quitaba nadie. Ahí se encontraron con José, que desde ese momento fue apodado El Venado. Y le dijeron:
—José, ¡no vas a creer lo que pasó! Estábamos caminando por el bosque cuando nos encontramos con un ángel. Era rubio, ojos claros, 2.10 mt.
—¿Cómo así, mujeres?
—Sí, él dijo que Dios nos había escogido para que una de nosotros fuera la madre del hijo de Dios. Y así, introdujo en nuestros vientres la semilla divina.
—Amén —completó la otra, arrobada en éxtasis. La primera continuó:
—Él comenzó a cantar: "de tin marín de do pingué..." y ahí se le olvidaba la cancioncita. Así que decidió que fuéramos las dos.
Ahí José entornó los ojos.
—¡Marica! —resopló el interpelado—. ¿¿Me vieron cara de millonario?? —chilló el evanista—. ¿¿Cómo voy a hacer con dos hijos de una sola sentada??
Entonces, después de mucho pensar, decidió poner un aviso en los clasificados que decía:
"Viene en camino el hijo de Dios, solicítase rey con solvencia económica, buena presencia, no es necesario título profesional, para patrocinar educación. Recompensa: la salvación de su alma".
Los reyes en cuestión seguían leyendo el periódico pero no vieron el anuncio de José. Ellos se quedaron con la interpretación del horóscopo. Así que rompieron sus alcancías, empacaron sus camellos y se fueron echando dedo, haciendo trucos de magia por el camino, buscando la estrella.
José un día decidió ir a censarse en Belén porque le dijeron que allá regalaban bocadillos beleños, y tomó la decisión de llevarse consigo a las dos Marías. Ellas al principio no estuvieron de acuerdo. Pero él les dijo, rabón, que no confiaba en ellas y que, mínimo, después de tener a los niños le iban a volver a poner los cachos con otro "ángel". Ellas intercambiaron miradas y aceptaron en silencio.
Así pues, partieron, en tres animales, los tres burros hacia Belén. Después de varios días de camino, llegaron al pueblito. Y esa noche, cuando se estaban registrando en el lobby del hotel Belén's Inn, José se dio cuenta de que se le había quedado la billetera en casa (o eso dijo). Así que tuvieron que empeñar los burros para que los dejaran quedar en el parqueadero. Fue un 24 de diciembre cuando la primera María —o sea, cualquiera de las dos— comenzó con las contracciones. Justo ahí, la estrella llegó y se posó encima, sobre el poste de la luz (que no era sino un palo alto con una vela) para alumbrar el alumbramiento.
Sin embargo, cuando el niño nació, todos esperaban que naciera con el pelo largo, la barbita y los ojos claros. Al ver que no tenía nada de eso, se decepcionaron. Los reyes, que venían como a un kilómetro —por hora, porque los camellos pesaban mucho en las maletas—, vieron la estrella a lo lejos y comenzaron a correr, pero la estrella se apagó. Ellos se quedaron sin saber para dónde agarrar y anduvieron vagando por Belén, comprando artesanías y visitando sitios turísticos, ganando algunos pesos con trucos de magia. Llegó el 6 de enero y comenzaron a pensar en regresar a su país. Pero antes decidieron entrar a un mercado persa, donde todo en realidad estaba hecho en China, y vieron que había una promoción navideña: un paquete de incienso, mirra y joyas de fantasía, todo a mil, así que lo compraron. Esa noche ya iban saliendo de Belén cuando volvieron a ver encenderse la estrella, y tuvieron que volver corriendo.
En el parqueadero estaban José, las dos Marías, un bebé normal y otro que sí había nacido con el pelo largo y la barbita. Ahí todos supieron que había llegado el hijo de Dios. Los reyes los vieron tan pobres que buscaron en sus bolsillos y en sus maletas y lo único que encontraron fue ese paquete que habían comprado en promoción. Así que se lo dieron al recién nacido, que inmediatamente se lo metió a la boca.
Años después, la primera María se divorció de José y conoció a un ruso que estaba visitando Tierra Santa. Se casó con él y se fueron a su país. Ahí el hermano de Jesús, Peter Merovingoff, estudió liguística y filología y se especializó en arameo. Tuvo una esposa llamada Magdalena a quien salvó de un derrumbe (aunque no fue derrumbe sino que estaba jugando ponchados, y la crónica roja lo confundió con lapidación por lo rústico de las pelotas de aquel tiempo). Su descendencia fue cariñosamente llamada "Los Merovingi", versión abreviada del apellido Merovingoff.
Jesús, el de la barbita, se quedó con sus padres, se dejó crecer las patillas, se las rizó y se hizo rabino desde muy temprana edad. Después de su famoso discurso en el templo a los 12 años, se perdió en el desierto, empezó a ver un espejismo de una selva, lo encontró una loba y lo crió, lo rebautizó como Mogli, él se hizo amigo de una pantera y un mono, lo persiguió un tigre, volvió como 18 años después, tuvo muchos followers y hasta escribieron un libro sobre él, pero se metió en un bollo político y terminó siendo procesado por suplantación, todo porque quiso poner un gimnasio y llamarlo "El rey de los Pilates". Lo condenaron a la latigación pero se dañó el látigo (era chino) así que pasaron al siguiente castigo que era la cruz. Como la cruz la montaron en un poste de luz, hizo corto y el pueblo quedó a oscuras 3 dias y 3 noches. A Jesús lo consideraron muerto y lo enterraron pero era solo catatonia y tristeza porque se había sentido abandonado por su padre biológico. Un poco turulato, anduvo envuelto en vendas, vagando por el pueblo. Un niño que lo vió, le dijo a la mamá, "mira, la miomia. Ha regresado". Otro niño salió llorando porque pensó que había llegado el apocalipsis zombie. Y ahí llegó Santo Tomás y para demostrar que no era ni lo uno ni lo otro, le metió al Resurrecto el dedo en la llaga. El dolor y la ira fueron tantas que Jesús despertó. Después de una sesión de selfies para Instagram, decidieron hacer una reunión de prensa con todos los seguidores del canal de Youtube y de facebook, a la que confirmaron asistencia doscientos pero sólo fueron once. Hicieron una rave y ahí sí estuvo todo el pueblo. Hubo tanta droga y alcohol que todos salieron hablando en lenguas. Al día siguiente, el titular en primera página fue: "Jesús no estaba muerto, andaba de parranda".
FELIZ NAVIDAD
martes, 28 de julio de 2015
PEDRO
Desde el momento en que a
Pedro no pudieron encontrarle la vena para tomarle la muestra de
sangre, se preocupó. La verdad, ya venía bastante inquieto desde
que se subió al taxi al no poder dar la dirección. Simplemente no
le salieron las palabras. No era que las hubiera olvidado, pero su
garganta solo quería gruñir. Le tocó abrir la puerta del carro en
movimiento y saltar.
El electrocardiógrafo no
registró pulso, los doctores pensaron que la máquina se había
dañado. Pero Pedro venía con muchos problemas. La apariencia de su
piel, cianótica, poco flexible, fría. El hematoma a lo largo de
toda la espalda. Las articulaciones y los músculos que se le iban
endureciendo a medida que pasaban las horas. Los ojos que a cada
minuto le servían menos para ver. Señor, qué siente, le preguntó
el médico general cuando lo recibió. Pedro sólo gruñó con
desaprobación. No pudo contarle la historia que comenzó tan
graciosa con una pérdida del equilibrio.
El reflejo rotuliano no
le funcionó. Y ahí comenzó la chorrera de exámenes. Nadie podía
explicarse nada. Y él tampoco los podía ayudar. Recordaba todo. La
gotera. La traída de la escalera. El resbalón. Pero las palabras no
le salían. Y la mandíbula se le estaba endureciendo.
Cuando le palparon el
abdomen y lo auscultaron, no se oía nada. Tal como había pasado con
su corazón. Lo mandaron para ecografía. Los médicos y los técnicos
intercambiaban silencios y miradas consternadas. Sus órganos se
estaban necrosando. Y él no se veía bien. Especulaban si estaban
frente a una nueva enfermedad.
Casi por deporte, por
morbo quizá, pero sobre todo, porque se encontraban abrumados, le
ordenaron un TAC cerebral. Había irrigación en el cerebelo y en el
bulbo pero en el cerebro apenas sí se veían ríos endebles. El
interior de su cabeza se parecía más a los paisajes desérticos de
Marte que a algo orgánico.
Pedro olía muy mal. Él
lo sabía. Lo sentía. El olfato se le había agudizado. Oler su
propia inmundicia era una tortura. Intentó explicarles que su
accidente había ocurrido ya hacía seis horas. Que había quedado
inconsciente y que lo primero que había pensado al abrir los ojos
era que, antes de intentar arrancarse de la cabeza el rastrillo de
jardinería, debía ir a un hospital. Ahí todavía era capaz de
razonar. Pero a medida que el sol bajaba hacia el poniente, le
costaba más trabajo. Al final sólo podía pensar en que le estaba
dando mucha hambre pero que no quería empanadas como cuando se
despertó, ni carne asada, sino llanamente carne.
Le pedían que caminara
de aquí para allá y de allá para acullá y lo observaban. Habían
dejado de burlarse del caminado de otros desde la primaria pero
esto... no, no era para risas. Ver a un hombre con una herramienta
clavada en la cabeza, cubierto de sangre, caminando a duras penas
como si fuera un tullido, no era motivo de burla... ¿O sí?
Cuando ya se hacía
oscuro afuera, por primera vez a un hombre de blanco se le ocurrió
decir lo que los demás callaban: pero si este hombre está muerto.
Casi al mismo tiempo, a Pedro le dieron ganas de morderlo. Como lo
había hecho esa rata en el tejado esa mañana. Esa rata que ahora
que lo pensaba no se veía muy viva cuando, aparecida de la nada, le
clavó los dientes, lo hizo perder el equilibrio y caer de semejante
altura sobre el rastrillo.
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