Desde el momento en que a
Pedro no pudieron encontrarle la vena para tomarle la muestra de
sangre, se preocupó. La verdad, ya venía bastante inquieto desde
que se subió al taxi al no poder dar la dirección. Simplemente no
le salieron las palabras. No era que las hubiera olvidado, pero su
garganta solo quería gruñir. Le tocó abrir la puerta del carro en
movimiento y saltar.
El electrocardiógrafo no
registró pulso, los doctores pensaron que la máquina se había
dañado. Pero Pedro venía con muchos problemas. La apariencia de su
piel, cianótica, poco flexible, fría. El hematoma a lo largo de
toda la espalda. Las articulaciones y los músculos que se le iban
endureciendo a medida que pasaban las horas. Los ojos que a cada
minuto le servían menos para ver. Señor, qué siente, le preguntó
el médico general cuando lo recibió. Pedro sólo gruñó con
desaprobación. No pudo contarle la historia que comenzó tan
graciosa con una pérdida del equilibrio.
El reflejo rotuliano no
le funcionó. Y ahí comenzó la chorrera de exámenes. Nadie podía
explicarse nada. Y él tampoco los podía ayudar. Recordaba todo. La
gotera. La traída de la escalera. El resbalón. Pero las palabras no
le salían. Y la mandíbula se le estaba endureciendo.
Cuando le palparon el
abdomen y lo auscultaron, no se oía nada. Tal como había pasado con
su corazón. Lo mandaron para ecografía. Los médicos y los técnicos
intercambiaban silencios y miradas consternadas. Sus órganos se
estaban necrosando. Y él no se veía bien. Especulaban si estaban
frente a una nueva enfermedad.
Casi por deporte, por
morbo quizá, pero sobre todo, porque se encontraban abrumados, le
ordenaron un TAC cerebral. Había irrigación en el cerebelo y en el
bulbo pero en el cerebro apenas sí se veían ríos endebles. El
interior de su cabeza se parecía más a los paisajes desérticos de
Marte que a algo orgánico.
Pedro olía muy mal. Él
lo sabía. Lo sentía. El olfato se le había agudizado. Oler su
propia inmundicia era una tortura. Intentó explicarles que su
accidente había ocurrido ya hacía seis horas. Que había quedado
inconsciente y que lo primero que había pensado al abrir los ojos
era que, antes de intentar arrancarse de la cabeza el rastrillo de
jardinería, debía ir a un hospital. Ahí todavía era capaz de
razonar. Pero a medida que el sol bajaba hacia el poniente, le
costaba más trabajo. Al final sólo podía pensar en que le estaba
dando mucha hambre pero que no quería empanadas como cuando se
despertó, ni carne asada, sino llanamente carne.
Le pedían que caminara
de aquí para allá y de allá para acullá y lo observaban. Habían
dejado de burlarse del caminado de otros desde la primaria pero
esto... no, no era para risas. Ver a un hombre con una herramienta
clavada en la cabeza, cubierto de sangre, caminando a duras penas
como si fuera un tullido, no era motivo de burla... ¿O sí?
Cuando ya se hacía
oscuro afuera, por primera vez a un hombre de blanco se le ocurrió
decir lo que los demás callaban: pero si este hombre está muerto.
Casi al mismo tiempo, a Pedro le dieron ganas de morderlo. Como lo
había hecho esa rata en el tejado esa mañana. Esa rata que ahora
que lo pensaba no se veía muy viva cuando, aparecida de la nada, le
clavó los dientes, lo hizo perder el equilibrio y caer de semejante
altura sobre el rastrillo.
Cuando las ratas muerden, especialmente si estamos en las alturas, todo pierde sentido, hasta la vida. Los movimientos se vuelven torpes -como si se llevase un rastrillo clavado en la cabeza. La boca se convierte en ese negro túnel que solo contiene dientes que quieren arrancar pedazos. Porque las ratas contaminan. (Léase en sentido real o figurado)
ResponderBorrarLa pregunta es, ¿quién mordió a la rata?
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