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martes, 22 de diciembre de 2015

DE ESCUALOS, LEMMINGS Y MISSES



Ahora que ocurrió el "lalalincident" en los Óscares, tan cercano además al último reinado (no los veo, solo los critico) era imposible dejar de recordar aquel incidente de Miss Universo 2015. Ya los invité a revisitar la columna que escribí hace un tiempo, titulada "de reinados y otros afrodisíacos", donde hablaba de todas las cualidades que se han explotado en el sector femenino desde mayo del 68 y que se anulan tan impunemente en estos certámenes. 

La verdad es que no dejo de pensar en las aletas del tiburón. El escualo, un animal tan fascinante, temido por la fuerza de sus mandíbulas, fundamental para la permanencia del ecosistema marino, es cazado y cercenado por algo que quizá sea un mito: lo afrodisiaco de su aleta. Es mutilado y vuelto a dejar en el mar, donde, sin esa parte de su cuerpo, morirá de inanición o quizá atacado por otros de su misma especie. 
Las candidatas de los reinados, se dejan cortar su aleta, se montan en zancos y, hermosas balbuciendo respuestas, se van hundiendo en el fondo del océano. La que gana queda un tiempo más flotando en la superficie, pero una vez reina, siempre serás reina, y muy pocas se han zafado de ese sino. La mayoría, ganadoras o no, si acaso terminan en CNN o les reconstruyen la aleta para trabajar en alguna serie de TV.

Estaba leyendo en estos días acerca de lo que hacen las productoras de TV para ganar audiencia en los programas de docurealities sobre oficios: camioneros, pescadores, tatuadores, empeñadores, etc., sobre cómo preparan todo para que la vida de gente común parezca interesante, heróica y hasta mesiánica. Una vida que podría limitarse a papeleo aburrido, se convierte en un despelote de escenas tipo Laura en América, a cual más patéticas.
Freud decía que el ser humano es, la mayor parte del tiempo, un animal con pulsiones de vida, de muerte y de sexo, pero no es eso lo que queremos recordar de nosotros mismos cuando estamos exhalando nuestro último aliento. Queremos pensar que no vivimos tantos siglos sólo para hacer lo mismo que una bacteria, un mono o una sardina, responder a cadenas pavlovianas de estímulo-respuesta. Queremos pensar que tenemos alguna trascendencia. Esto me hace pensar en los lemmings. Durante tanto tiempo los tomamos por una especie fallida, que debía haberse extinguido siglos atrás por sus tercas tendencias suicidas. Hasta que se destapó la verdad: todo había sido libreteado por los productores de Disney a falta de una historia real y a la vez entretenida qué contar. Los animalitos habían sido acorralados contra el borde de un acantilado y filmados mientras, sin más espacio para correr, caían unos tras otros al helado mar.
En el tema de los reinados, pareciera que los productores, angustiados ante la paulatina pérdida de interés del mundo respecto de estos certámenes, hubiera recurrido, adrede, al escándalo. Aunque las caras atónitas de las concursantes revelen que, de ser así, ellas han sido apenas unas conejillas de Indias. No sería de extrañarse, teniendo en cuenta que en la historia del mundo, los escándalos que han dado inicio a ciertas guerras, han sido a veces una puesta en escena. Obvio, no vamos a comparar esas tragedias con un evento reinado, donde no se puso en riesgo la vida de ningún animal. ¿O sí?



lunes, 30 de marzo de 2015

DE REINADOS Y OTROS AFRODISIACOS



Hace unos días de madrugada, ya entre el sueño y la vigilia, me preguntaba el por qué de los parámetros que tienen los reinados de belleza. Por ejemplo, comencemos por la estatura. ¿Para qué necesitan gigantes? ¿Acaso existe un ejército secreto compuesto sólo de gigantescas bellezas que nos va a defender en caso de un ataque de... hombres que no han tocado una mujer en años? Son mujeres 90-60-90, 1,80 de estatura, jóvenes, con talentos totalmente desperdiciados. Es como las aletas de tiburón, que las quitan por sus poderes afrodisiacos y desechan todo el resto del animal. A las reinas las evalúan por la tonicidad muscular, la firmeza de su piel, que sepan usar las dos piernas y más aún, que puedan caminar en zancos, porque eso es lo que son esos tacones en que las obligan a subir a las pobres muchachas. Les evalúan la posición de la nariz en la cara, si las nalgas están en su sitio (¿Hay alguna nalga que pueda estar en el sitio incorrecto?)... nunca les preguntan a las concursantes, hey, ¿a quién prefieres, a tú mamá o a tu papá? ¿Cómo te llevas con tus hermanos? ¿Qué materia te gusta más de tu carrera? ¿A qué le temes más? No. Mucho menos, ¿en qué piensas especializarte? ¿En dónde te gustaría hacer un postgrado? Al tiburón no le preguntan cosas personales antes de mutilarlo y dejarlo morir en las profundidades del mar. A estas niñas, en cambio, niñas de 17, 18, 23 años, después de someterlas a caminatas y caminatas y más caminatas como a caballos de feria o como a esclavos de antaño (aunque ahora no se acercan a mirarles los dientes, ésos han resuelto dejárselos en paz) las someten a una pregunta crucial que decidirá quién gana y quién se va para su casa a poner los pies en aguasal. La pregunta en sí es absurda: Interprete esta frase de Confucio. Diga cuál es la mujer que más admira. Si tuviera que irse a una isla... Hable de la situación política de su país. Pero lo más absurdo es la expectativa que tienen respecto de la respuesta a esa pregunta. Quieren a un Noam Chomsky, a un Confucio, a un Ferdinand de Saussure, a un Roland Barthes, a un Winston Churcill. ¡Por todos los dioses! Yo a mis 18 años no podría abarcar los aspectos de la política de mi país, ni podría entender a cabalidad a Confucio. Yo a esa edad, si me tocara exponerme en paños menores frente a la población mundial, y luego encontrarme ante una pregunta de esa índole, sólo habría atinado a decir: "eehhmmm... hombre con hombre, mujer con mujer...".
Pretenden que admiren a la Madre Teresa de Calcuta o a la Dama de Hierro. La seguidora de una monja no se pone frente a millones de personas a caminar en calzones y tacos altos para que le hagan una tasación lípida y ósea. La seguidora de una mujer de la política prefiere hacer que otros sean quienes caminen en calzones frente a millones de espectadores. Quien entiende las frases de Confucio no ve reinados en la TV. No tiene TV. Vive en un lamasterio en el Tíbet. No lo tomen a mal, soy mujer, me encanta que me miren, pero no que me midan.

Los reinados son afrodisiacos. Escenografían todo para que imaginemos que existe una playa idílica por donde sólo caminan beldades sonrientes y bien educadas que podrán parecerse a estatuas griegas, si pensamos que una estatua griega después de miles de años de estar en un pedestal sin comer, seguramente perderá varios kilos. Pero camuflan ese morbo lujurioso tras el velo de esas preguntas inapropiadas e impersonales. Ahora, si buscáramos a una mujer que representara a nuestros países ante el mundo, no elegiríamos "escuintlas" que apenas sí saben dónde están paradas. Que son para hacer obras sociales, ¿no era para eso que estaba la primera Dama? Que para promover el turismo de su país, ¿acaso el resto de mujeres de ese país es tan horripilante y desagradable que espanta a los visitantes? Que porque los vestidos, los diseñadores, alguien que me diga sinceramente si usaría un vestido así para una comida. En serio, es mucho entrenamiento físico en cuerpos perfectamente buenos como para dejarlos perder así.


Claro, está lo otro. La belleza. ¿A quién no le gusta ver una mujer bonita? Esto me lleva a otra gran pregunta: ¿Qué es una mujer bonita? Para algunos las misses podrán ser su ideal de belleza. Pero hay pueblos del África para los que las bizcas se llevaban todos los galanes. Para los beduinos, quienes tengan estrías son las más apetecibles. Para otros, las mujeres de caderas anchas les colman las más pornográficas fantasías. En el Renacimiento, sin ir muy lejos y contrario a lo que podría pensarse, lo sexy era tener la frente ancha, las pupilas dilatadas, los dientes pequeños y separados. Nadie tiene por qué decirnos quién es bonito y quién no. No habitamos un museo obsesionado por proporciones exactas e irrebatibles. La realidad es plural. Habitamos un mundo desigual y eso es lo que lo hace interesante. No estamos aquí para seguir modelos (en sus dos acepciones). Alguien descubrió hace siglos nuestro papel en este mundo. Estaba escrito en el oráculo de Delfos y lo han repetido mucho: Conócete a ti mismo. Quizá es eso lo que han aportado los realities. Aunque una vez alguien dijo que la gente cambia cuando está frente a una cámara, por lo menos se trata de gente real, a quien no le interesa decir la frase correcta ni posar de santo. El día en que se diga después de un reinado, “qué bien, este año ganó la luchadora. Va a entrenar mujeres guerreras para el ejército de tal país” o “que bueno, Fulanita, la bióloga, va a poder cumplir su sueño de ir a clasificar monos en Centroamérica” ese día volveré a creer en la humanidad. Mientras tanto sólo seguiré viendo como caen los tiburones, mutilados, al fondo del mar.