martes, 16 de febrero de 2016

CAMINANDO ENTRE LOS HOMBRES (BASADO EN UNA HISTORIA REAL)


Después de mucho buscar, porque no es fácil encontrar un buen cuerpo en estos días, había encontrado a esa muchachita, que con unos años más, unas cuantas sesiones de elíptica y unas limpiezas faciales, sería un bomboncito. Por ahora, tenía trece años y era aún una hija de mami. Cuando la conocí, tenía el poco mundo y la incapacidad de maldecir, propias de alguien de su edad. Iba a un colegio católico y no se subía el ruedo de la falda con cosedora como el resto de sus compañeras. Era una flacucha que no tenía amigas y se ahogaba en gimnasia. No era que digamos una obsesiva con el estudio. Pasaba raspando las materias, quizá por la simpatía que despertaba en sus profesores. Simpatía y quizá esa cierta esperanza con que miran los mentores a sus discípulos menos aventajados. La niñita se la pasaba mirando por la ventana, a ninguna parte que yo hubiera visto, sólo dejándose perder en el ramaje lejano de los arboles, o en las nubes, o qué putas voy a saber. Pero precisamente por la capacidad de la niña de no pensar en nada durante ratos tan largos, por eso, me la cogí. Sin duda, fui lo mejor que le pudo haber pasado.
Me tomó poco tiempo sentirme a mis anchas dentro de su cuerpo aún no tan corrompido por las hormonas púberes. Estuve un par de meses descansando simplemente dentro de ella- Porque una posesión no es así como así. Es como un parto, aunque para adentro. Bueno, eso en realidad es lo que siente el anfitrión. Para nosotros es como tratar de entrar a la casa por la puertica del gato. O por la chimenea. Si, como Papá Noel. Igual de artrítico y gordo, pero los regalos que va a depositar son para él mismo.
Así que lo tomé con calma. Como una diversión.
El primer truco que usé fue "por qué te estás golpeando". Ese fue un hit. La gente la miraba en la calle, en clase se reían de ella, hasta logré que la llevaran a la rectoría y la suspendieran por estarse dando puños sola en la cara, a lo Fight Club. La pobre no entendía nada. Pero al otro día ya eso había perdido la gracia. Así que probé con el de "quién puso eso ahí". Le hacía zancadilla con su propia pierna, hacía que ignorara la existencia de los escalones y de los postes... Cómo me divertí esa semana. Yo era como el hermano mayor que nunca tuve. Pero al final estaba empezando a doler y francamente tampoco soy tan huevón como para fracturarle a mi anfitrión un hueso. No me hace gracia tener que inmovilizarlos. Así que la siguiente semana probé con el de "zorrita-en-boca". Que básicamente consiste en decirle zorra a todo el que se cruce por el camino. Sabía a lo que me arriesgaba. Muchos hubieran dicho que soy un demonio kamikaze pero no me van a negar que es putamente divertido verle la cara a la gente cuando la llamas zorra de la nada. A la empleada doméstica, a la vecina que ha salido a barrer el frente, al conductor de la ruta del colegio, al señor de la droguería, al conductor de una zorra, al french poodle de la abuela. Y uno va tomando impulso, coge confiancita, termina haciéndole el chistecito a la mamá de la poseída y ella la cachetea tan fuerte que te llega a doler a ti. De todos modos, ya entrados en gastos, no quedaba otra que el "metal arameo". Comencé gritando en gutural y en arameo los nombres de los muebles, de los utensilios de cocina y las partes de la casa. Los soltaba en la mitad de una frase cualquiera. Cuando la idiota estaba en la tienda pidiendo una libra de ... SILLA!!... o hablando por celular con su Paulis del niño que... PERA MANZANAS E HIGOS o sentada a la mesa en la mitad de la cena cuando le pedía a su mamá que le pasara la CANDELABRO y todo eso en arameo suena terriblemente PUDRETE EN EL INFIERNOOOO MALDITA PERRAAA. Luego seguía con frases más largas, como la inscripción en la puerta del cielo de la Divina Comedia en latín vernáculo, la primera página de la Montaña Mágica y una propaganda de champú de los años ochenta en japonés. Me sentía como una diva en su mejor época. El climax fue cuando esta niña flacuchenta y dulzarrona que no mataba una mosca y se ahogaba en gimnasia, se transformó en Hulk en la mitad de un test de Cooper e hizo la repartición de los puños EN EL NOMBRE DE LA CABRA Y LA CHOCHA DE LA LORA Y TU PUTA MADRE QUE TE PARIO POR DETRÁS ... Amén.
Ahí creo que se me fue la mano. La niñuca fue confinada a la casa. Había dejado muy magullado el cuerpo y... pasó lo que no quería: me gané una inmovilización. Me dio tanta piedra que cada vez que se me acercaba la idiota de la mamá o el imbecil del papá, les profería los más creativos insultos en todas las lenguas que conocía (y en un par que había inventado cuando me hicieron un niño de verdad unos pandilleros hace miles de años). Para probarles que estaban cometiendo una injusticia con nosotros y que estábamos perfectamente bien, me paré de la cama y bajé las escaleras caminando en arco. Pero la culicagada, como que no estuvo muy de acuerdo con ese display de flexibilidad y gracia, pues perdió el conocimiento. Esa noche oí llorar a la cucha, mientras hablaba por teléfono y esa misma noche un tal padre Karras se presentó ante mí, frente a la cama donde nos tenían atados. Me mostró el crucifijo, que a mí me indigna, porque cuando yo era un ser humano, el sufrimiento de Chuchito no se andaba mostrando en paños menores. Así que me dio tanto coraje que fue inevitable escupirle en la cara a ese esbirro de ese falso dios. Y oía la voz de la pendejita esa, por allá en el fondo de su alma, que se apretujaba conmigo en ese cuerpo entelerido, y gemía que la liberara. ¡Cállate, maldita, cállate ya!, tuve que gritarle, y el sacerdote, sintiéndose aludido, comenzó a recitar una retahíla aburridísima, parte en latín, parte en inglés, retahíla que yo trataba de interrumpir gritándole a palabra "sándwich" en arameo, en vasco y en menonita, hasta que se le secó la voz a mi vehículo, y al intentar zafarme terminé desgarrándome un músculo. Al final terminó dándome jaqueca, y como nadie iba a darme un advil, hice mi salida lo más digno y rimbombante que pude, entre estertores, chorretes de sangre y luces de utilería.

PD: este cuento no está basado en El Exorcista.

lunes, 11 de enero de 2016

LITTLE WONDER - En homenaje a David Bowie

Este cuento lo escribí hace la friolera de veinte años, al ver el vídeo que le da nombre, del cantautor británico. Y lo quiero porque fue por esos años que supe de David Bowie. Hoy quiero compartirlo con ustedes para celebrar la vida subversiva y caníbal de este gran músico. Su actitud critica hacia la humanidad fue fundamental en la construcción de mi novela Rojo Sombra. La creación de mundos a través de la música y de la actuación siempre será un ejemplo para mí. Hasta siempre, David.

(Música sugerida de fondo: Little Wonder, he aquí el video)

Esa mañana cuando abrí el armario me encontré una pierna. No tenía señas de haber sido arrancada, sólo estaba ahí, moviendo levemente sus dedos, como cansada de esperar. Qué hacía ahí, decidí no responder esa pregunta. No había mucho tiempo para pensar. Iba tarde a la universidad. Luego, cuando me estaba duchando, me encontré una mano colgada de la llave del agua fría. Ahí empecé a inquietarme. Pero tenía que vestirme.
Ya había olvidado ese par de incidentes cuando me subí al bus, pues al fin de cuentas cuando uno se encuentra en el borde entre el sueño y la vigilia, las cosas pueden confundirse y adquirir rasgos de fantasía.
Ahora me encontraba compartiendo un poco de catatonia con los demás pasajeros —es lo único que se puede compartir con los congéneres en una ciudad como ésta— y tratando de que mi subconsciente no se intoxicara con tan fuerte dosis de vallenatos y de música romántica. Cuando, no sé de dónde, cayó algo sobre mis piernas. Era un dedo.
Miré para todos lados para ver si alguien lo había olvidado, pero sólo encontré más catatonia, más de aquella tierna imbecilidad en las miradas de las gentes que dormían de pie como simios domesticados en un vagón de tren de circo. Como no encontré respuesta y no supe qué más hacer con el dedo en cuestión, decidí guardarlo en mi maleta y abrirme paso hacia la puerta trasera. Ya estaba cerca al paradero.
Cuando iba pasando frente a la cafetería mis tripas me hicieron recordar que no había desayunado. Entré y compré un café y un sándwich —con hambre te comes cualquier porquería— le eché dos cubos de azúcar, lo revolví y la cuchara salió más pesada. Sobre ella,  un ojo. Azul, perfectamente redondo, se volteó hacia mí y me miró, no sé si fijamente o era porque no tenía párpado. En ese momento fue cuando empecé a sospechar que ya eran demasiadas coincidencias para tan temprana hora del día, que algo estaba pasando. Saqué el dedo de la maleta y lo puse al lado del ojo, para establecer algún tipo de comparación, si es que era posible entre órganos tan disímiles. El ojo no le quitó la mirada hasta que los volví a guardar a ambos.
En ese momento ya no me sentía bien; necesitaba hablar con alguien. Desde un teléfono público intenté llamar a una de mis amigas, pero el teléfono se tragó mi moneda. Le di un golpe pero no hubo moneda; en cambio, salieron cinco dientes blancos ¿Quién podría ser el despistado o despistada que estaba dejando partes suyas por toda la ciudad? ¿Acaso era una llamada de auxilio? ¿Acaso era más pobre que Hansel y Grethel, que no tenía siquiera pan para dejar un rastro? Ahí no había clase ni parcial que valiera. En ese momento todo se había ido al carajo, y yo andaba por las calles,… buscando.
Como a las dos horas, cansada y mareada de tanto mirar hacia el suelo, cogí un bus hacia mi casa. Y cuando caminaba por el corredor para buscar un puesto, oí que alguien gritaba. No, no era un alguien sino un algo. Una boca. Pisoteada y llena de polvo yacía debajo de un asiento, aunque yo no pude entender lo que decía. Balbucía, más bien. Al mirarla deduje que le faltaban algunos dientes, y pensé que los que yo había encontrado en el teléfono podían pertenecerle. La recogí suavemente y la metí en un bolsillo de la maleta, diferente al lugar donde había metido el resto, pues me preocupaba que mordiera a los otros. Como no hacía más que gritar...

La cara era definitivamente de un hombre. De un hombre joven y apuesto a decir verdad. La encontré con el ojo que faltaba, la nariz y una oreja, camino hacia mi casa, al pie de un árbol. La salvé de que algún perro se le orinara encima, o que la cogiera de hueso prestado. La otra oreja la encontré colgada de la puerta de la casa, el tronco me había llegado esa mañana con el correo cuidadosamente envuelto, y la mano restante con cuatro dedos me esperaba cómodamente recostada contra un racimo de uvas en un frutero de la cocina. La otra pierna estaba en la nevera. En una semana ya tenía todas las piezas y las había armado como a un rompecabezas tridimensional y vivo. El que las había perdido, era, como ya lo había visto, un hombre. Un hermoso hombre. Cuando lo hube completado, todas sus partes se calmaron. Él dormía.
Entonces lenta, perezosamente, abrió los ojos. Me miró un instante en el cual lo vi angelical y perfecto. Abrió la boca y tomó aire mientras yo observaba, como relojero, el modo, la velocidad, la sincronicidad con que movía cada músculo de su cara. Me preguntaba qué tenía que decirme después de quién sabe cuánto tiempo de estar disperso. Pero no me dijo nada. Sólo soltó un gruñido fuerte, grave y desgarrado, que le deformó cara. Lo que tenía al fondo de sus ojos no era humano. Era aberrante. Aproveché la torpeza de sus miembros, sus partes desacostumbradas a obrar al unísono, desencajé cada dedo, cada órgano, con la destreza que pude a pesar del temblor que me poseía al ver su cara deformarse con sus gruñidos bestiales, y luché contra su boca que no dejaba de gruñir hasta que logré arrancarla, luego le saqué los ojos con una cuchara y logré desatornillarle el cráneo. Cuando tuve todas esas piezas sobre el suelo, algunas aún moviéndose, otras quietas, pasmadas, mi corazón quedó latiendo fuerte por un rato y me dejé poseer por la sensación de que todo ese tiempo que gasté para reunir, para componer, ese montón de partes, había sido en vano, y que quizá había habido una persona antes que yo a quien le había pasado lo mismo, encontrarse con un adefesio vivo, perfecto pero aberrante. Lo primero que se me ocurrió fue enterrarlo en algún lugar lejos de mi casa. Pero la idea de que esas piezas volvieran a juntarse para formar de nuevo esa monstruosidad me produjo escalofríos. Por otro lado, me di cuenta de que había en mí una vaga esperanza de que alguien, algún día, lo armaría de forma correcta, de que encontraría esa parte que le faltaba, que lo haría hablar y razonar. Aún sentía un vacío indecible y una pregunta vasta y ácida de quién lo había creado o de dónde había salido, se albergaba en mi estómago mientras metía todo en bolsas de basura y volvía a esparcir el centenar de partes por toda la ciudad.

1995

martes, 5 de enero de 2016

EL GRAN LIBRO DE WOODROBE



En estos días en que un nuevo año despierta y abre sus ínfimas manitas al mundo, aún con torpeza pero con una fuerza inenarrable, estaba pensando, ¿en qué? Sí, señores. Por supuesto. Es inevitable pensar en los zombies. ¿No? Bueno, quizá seré la única pero en estos días, con esta peligrosa sobrepoblación de cazadores malolientes, se me hace imposible no dedicar al menos una hora diaria a reflexionar sobre ellos.
Porque, en realidad, ¿qué tanto sabemos? Sabemos lo que nos hacen. Sabemos cómo matarlos, como burlarlos. Sabemos qué lugares evitar para no dar con ellos. Pero la verdad, hay que decirlo, todo eso es sólo la punta de un afilado colmillo.
Existe el mito de que nacieron por un virus. Que es al morder a las personas que se reproducen. Es lo que han dicho los científicos. Pero, ¿estamos dispuestos a creerles?  ¿Sobre todo después de todas las mentiras que han regado sobre enfermedades y catástrofes?
Para muchos es difícil saber los detalles sociológicos, antropológicos y etnográficos de criaturas tan temibles. No se puede estar cerca de ellos sin correr peligro de morir. Casi nadie puede vivir para contar quiénes son realmente ésos a quienes llamamos, muy haitiana o quizá hollywoodense, pero en definitiva, equívocamente, zombies. Suerte que tuve que toparme con el más valioso testimonio sobre éstos que son los nuevos depredadores del hombre.
Hablo del Gran Libro de Woodrobe, el famoso arqueólogo, medio genio, medio loco, picado por la fiebre annunaki, que tanto jugo dio en la televisión hace unos años, pero que se fue un día a buscar restos alienígenas en la Sierra Nevada de Santa Marta y no volvió. El libro, del cual quizá sea menos romántico pero más verídico decir que se trata de su tablet, lo cargaba siempre en su mochila arwaca made in China y ahí consignaba sus reflexiones, hipótesis, composiciones musicales truncas (y seamos sinceros, sin valor alguno para las artes), y llegó a mis manos, no diré cómo, sólo diré lo emocionada que estuve de darme cuenta de todo lo que ponía a mi alcance.
Así que, preámbulos aparte, comenzaré a contarles lo que Woodrobe atestiguó. Sólo los primeros archivos hablan de ovnis y de reptilianos. Pero al parecer los zombies de la zona terminaron por llamar su atención mucho más.
Woodrobe afirma con vehemencia que los zombies no salen todos en masa a buscar cerebros ni a masticar nuestra carne como todo el mundo cree. Sus sistemas digestivos están en constante descomposición, no aguantan comer carne tan seguido. Salen más o menos una vez por semana, en grupos, con ciertas intermitencias. Eso sí, tienen un olfato potente y cada vez que huelen humano es como cuando uno pasa frente a una chocolatería o una pollería; no pueden aguantarse. Aunque después los ataquen potentes dolores de estómago. Por eso, el investigador tenía que frotarse en hierbas aromáticas para no ser detectado y aún así no se acercaba a ellos. Los observaba desde la distancia, como Sigourney Weaver en Gorilas en la Niebla. O como el profesor Malinowski a los africanos desde su tienda. Siempre se preguntó, como yo ahora, de dónde venían y cómo habían llegado a habitar tan cerca de nuestras ciudades. Nunca pudo respondérselo. Sólo con especulaciones de naves rigelianas, abducciones y experimentos hechos en humanos sanos. Pero nunca pudo probarlo. A mí que todo eso me parece una sarta de patrañas, sus elucubraciones psicóticas no me convencen. Así que me limito a hablar de lo que sí pudo palpar. Y no deja de sorprenderme el hecho de que sus gargantas no pueden cantar --menos hablar-- porque en algunos las cuerdas vocales están del todo extintas (a veces en vez de palabras les brotan gusanos de la boca a los "podrecitos"), y sin embargo algo los mantiene con vida. No sólo eso, parecen celebrarla. Cuando están contentos, toman los cráneos de aquéllos que se han comido y los golpean para sacar conmovedores sonidos, esto a juicio del científico que, como me di cuenta por su reacción, carecía del todo de oído musical.
En uno de los videos que encontré, Woodrobe está casi susurrando para no ser oído, por lo que se hace difícil entenderle a veces. Al hablar de los zombies, los llama palíndromos porque no se sabe si van o si vienen aunque yo discrepo de ese nombre y no lo utilizaré. El estudioso toma por casualidad a uno de ellos en medio del follaje haciendo un brazalete con raíces. Luego lo filma mientras le entrega dicho brazalete a una mujer joven cuyo cuerpo, dice el arqueólogo, aún posee cierta belleza. La pareja procede a acomodarse los pedazos de piel que se les han rasgado en la cara y a acicalarse mutuamente el poco cabello. El video, sin embargo, se prolonga por demasiado tiempo pues a parte de eso, los sujetos no hacen nada más. Al tiempo que la cámara se ladea y el ángulo de la filmación parece perder importancia, la imagen en un momento comienza a vibrar, a zangolotearse, y se oyen, detrás de la lente, pugidos, jadeos y siseos desenfrenados que me hicieron apagar la tablet de inmediato.

En el siguiente video que abrí, no sin resquemor, Woodrobe dice que a pesar del estado de los tejidos de los monstruos, es asombrosa la fuerza que tienen para correr, perseguir animales y comérselos crudos. Es cierto, esto comprueba que no son "humanívoros" exclusivamente. Los sitúa como seres muy básicos que no conocen el fuego, pero luego hace un enorme descubrimiento, o varios, si se puede decir así: el primero es que cuando cazan, ellos tumban a la presa, la matan al instante, la desmiembran, se reparten las piezas, se las llevan andando en fila hasta un lugar plano, se sientan en círculo y se las comen con parsimonia. A Woodrobe le asombró el afán de comer porque en muchos la comida se escapa por los hoyos de podredumbre en el cuello, en los costillares de algunos, en el abdomen. También al igual que yo se sintió desconcertado al ver que, contrario a lo que se ha dicho, lo que ellos muerden no vuelve a la vida.

Hay que hacer una importante salvedad, pues ellos en su comunidad andan desnudos. Las ropas permanecen siempre limpias en un sitio que las resguarda de la lluvia y la aspersión de sus tejidos en decadencia. Las cuidan como reliquias. De repente un día, varios, a punta de señas, gruñidos, toses y jadeos, parecen convenir ponérselas, como si fueran trajes camuflados, y salen hacia la ciudad para buscar humanos. Ellos creen, o eso supone el investigador, que así pasarán inadvertidos.
El segundo descubrimiento, no crean que pierdo el hilo del relato, es que después de esas bacanales de humanos (que, como dice el loco Woodrobe, deben ser muy llenadoras), el grupo que ha salido a cazar, en la noche, que muchas veces es de luna llena aunque no todas, se van adonde el cielo se les ofrezca despejado, suben sus cabezas, algunos se quitan la suya para ver mejor, y se quedan extasiados mirando el cielo. Comienzan a balancearse y a gemir quedo, como enfermos o como en un extremo placer. Y así, suave, lento, comienzan a despojarse unos a otros de las ropas, de los miembros, de los restos de piel que les quedan, hasta que quedan meros trozos de hueso, girones de piel y ropas dobladas en el suelo. Woodrobe comenta, triste, que la noche que logró grabar eso que él llamó ritual, la tablet se quedó sin batería y él además había tenido un día tan tenso que se quedó dormido y no registró lo que pasaba después, pero cuando despertó con el canto de los pájaros, no vio nada, ni las ropas, ni los huesos despedazados ni los trozos de piel. Con ira, con vergüenza, con pesadumbre, volvió al caserío rústico de palos mal puestos donde viven esas gentes y vio al mismo grupo pero sin gusanos, la piel tersa y flexible, los ojos con brillo como si fuéramos nosotros. Los delata quizá la carencia de habla que permanece aún después de ese hecho inexplicable, atribuible, según yo, a la brujería; según él, al contacto con extraterrestres.
Los zombies (aún me río del nombre "palíndromo" para llamar a estas criaturas), después de rejuvenecer, pasan horas zapateando contra el suelo, sin más música que el golpear de cráneos de animales y de humanos (verlos hacer eso es asombroso y aterrador, insisto, por la carencia de ritmo y de coordinación) y se echan a la boca una mezcla de escupitajos y orina que todos vacían en un cuenco, por lo general robado de casas humanas, y lo beben alegres, tal vez porque no se les sale del cuerpo.
Aparte de esto, de cazar, de lavar las ropas, de usarlas para procurar carne humana, del extraño ritual de la noche y el desmembramiento y de esos bailes, no tienen tanto. No documentado al menos. Pero en los videos yo observo que hay tanto misterio, tanta lejanía que ameritaría un estudio más profundo.
Sobre Woodrobe, el indígena kogui que me entregó su equipaje austero, me dijo que el hombre, después de meses de bajar al pueblo una vez por semana, un día simplemente no apareció más. Que sospecha que se lo comieron. Los equipos de rescate no se atreven a adentrarse en zona de zombies. Prefieren que quede como en "Mi alma se la dejo al Diablo" o en "La Vorágine". Prefieren pensar que se lo tragó la manigua. A mí me queda la duda pero soy demasiado cobarde. Tan cobarde como esos equipos de rescate. Cobarde y a la vez obsesionada por tener un sueño lejano, un sueño para tal vez nunca cumplir: terminar el estudio de Woodrobe.

jueves, 24 de diciembre de 2015

NAVIDAD, NAVIDAD, DULCE NAVIDAD



Había dos veces dos Marías que eran hermanas gemelas y vivían en Tierra Santa. Las dos hacían parte del harem de José. Como él tenía una fábrica de muebles, no tenía tiempo para acostarse con ellas. Algunos de sus vecinos de la cuadra decían que ellas eran en realidad hombres. Otros decían que eran vírgenes, pero esos eran menos.

En el lejano Oriente, cerca a las Guyanas, había unos reyes magos. Eran unos reyes que hacían magia. Se habían quebrado y por eso se dedicaban a entretener niños en piñatas y mujeres solas en ciertos locales nocturnos. Pero en sus ratos libres, se dedicaban a leer el horóscopo en el periódico. Ahí vieron un día el siguiente mensaje: "Sigue la estrella más iluminada y te encontrarás con un bebé que cambiará tu vida". Ellos lo interpretaron como que iba a haber un bautizo anunciado con luces estroboscópicas muy potentes y que quien hiciera una fiesta tan garra para un bebé, les podría pagar muy bien por sus rutinas de magia.

Pero no eran luces artificiales porque no habían sido inventadas. Era de hecho una estrella, que había sido llamada a hacer un alumbramiento. Como en esa época los quirófanos no tenían luz, si el nacimiento era de noche, era un problema. Muchas mujeres habían sido quemadas por los doctores en el afán de ellos por ver cómo venía el bebé. Algunas veces el doctor terminaba sacándoles el apéndice en vez del niño. Entonces el Altísimo tenía miedo de que el niño o la elegida para parirlo resultaran con la marca de la bestia. De la bestia del doctor.

Volviendo a las dos del paseo, volvían todas satisfechas del bosque, con los cabellos revueltos, los vestidos rasgados y una sonrisa que no les quitaba nadie. Ahí se encontraron con José, que desde ese momento fue apodado El Venado. Y le dijeron:

—José, ¡no vas a creer lo que pasó! Estábamos caminando por el bosque cuando nos encontramos con un ángel. Era rubio, ojos claros, 2.10 mt.
—¿Cómo así, mujeres?
—Sí, él dijo que Dios nos había escogido para que una de nosotros fuera la madre del hijo de Dios. Y así, introdujo en nuestros vientres la semilla divina.
—Amén —completó la otra, arrobada en éxtasis. La primera continuó:
—Él comenzó a cantar: "de tin marín de do pingué..." y ahí se le olvidaba la cancioncita. Así que decidió que fuéramos las dos.
Ahí José entornó los ojos.
—¡Marica! —resopló el interpelado—. ¿¿Me vieron cara de millonario?? —chilló el evanista—. ¿¿Cómo voy a hacer con dos hijos de una sola sentada??
Entonces, después de mucho pensar, decidió poner un aviso en los clasificados que decía:
"Viene en camino el hijo de Dios, solicítase rey con solvencia económica, buena presencia, no es necesario título profesional, para patrocinar educación. Recompensa: la salvación de su alma".

Los reyes en cuestión seguían leyendo el periódico pero no vieron el anuncio de José. Ellos se quedaron con la interpretación del horóscopo. Así que rompieron sus alcancías, empacaron sus camellos y se fueron echando dedo, haciendo trucos de magia por el camino, buscando la estrella.

José un día decidió ir a censarse en Belén porque le dijeron que allá regalaban bocadillos beleños, y tomó la decisión de llevarse consigo a las dos Marías. Ellas al principio no estuvieron de acuerdo. Pero él les dijo, rabón, que no confiaba en ellas y que, mínimo, después de tener a los niños le iban a volver a poner los cachos con otro "ángel". Ellas intercambiaron miradas y aceptaron en silencio.

Así pues, partieron, en tres animales, los tres burros hacia Belén. Después de varios días de camino, llegaron al pueblito. Y esa noche, cuando se estaban registrando en el lobby del hotel Belén's Inn, José se dio cuenta de que se le había quedado la billetera en casa (o eso dijo). Así que tuvieron que empeñar los burros para que los dejaran quedar en el parqueadero. Fue un 24 de diciembre cuando la primera María —o sea, cualquiera de las dos— comenzó con las contracciones. Justo ahí, la estrella llegó y se posó encima, sobre el poste de la luz (que no era sino un palo alto con una vela) para alumbrar el alumbramiento.
Sin embargo, cuando el niño nació, todos esperaban que naciera con el pelo largo, la barbita y los ojos claros. Al ver que no tenía nada de eso, se decepcionaron. Los reyes, que venían como a un kilómetro —por hora, porque los camellos pesaban mucho en las maletas—, vieron la estrella a lo lejos y comenzaron a correr, pero la estrella se apagó. Ellos se quedaron sin saber para dónde agarrar y anduvieron vagando por Belén, comprando artesanías y visitando sitios turísticos, ganando algunos pesos con trucos de magia. Llegó el 6 de enero y comenzaron a pensar en regresar a su país. Pero antes decidieron entrar a un mercado persa, donde todo en realidad estaba hecho en China, y vieron que había una promoción navideña: un paquete de incienso, mirra y joyas de fantasía, todo a mil, así que lo compraron. Esa noche ya iban saliendo de Belén cuando volvieron a ver encenderse la estrella, y tuvieron que volver corriendo.
En el parqueadero estaban José, las dos Marías, un bebé normal y otro que sí había nacido con el pelo largo y la barbita. Ahí todos supieron que había llegado el hijo de Dios. Los reyes los vieron tan pobres que buscaron en sus bolsillos y en sus maletas y lo único que encontraron fue ese paquete que habían comprado en promoción. Así que se lo dieron al recién nacido, que inmediatamente se lo metió a la boca.

Años después, la primera María se divorció de José y conoció a un ruso que estaba visitando Tierra Santa. Se casó con él y se fueron a su país. Ahí el hermano de Jesús, Peter Merovingoff, estudió liguística y filología y se especializó en arameo. Tuvo una esposa llamada Magdalena a quien salvó de un derrumbe (aunque no fue derrumbe sino que estaba jugando ponchados, y la crónica roja lo confundió con lapidación por lo rústico de las pelotas de aquel tiempo). Su descendencia fue cariñosamente llamada "Los Merovingi", versión abreviada del apellido Merovingoff.

Jesús, el de la barbita, se quedó con sus padres, se dejó crecer las patillas, se las rizó y se hizo rabino desde muy temprana edad. Después de su famoso discurso en el templo a los 12 años, se perdió en el desierto, empezó a ver un espejismo de una selva, lo encontró una loba y lo crió, lo rebautizó como Mogli, él se hizo amigo de una pantera y un mono, lo persiguió un tigre, volvió como 18 años después, tuvo muchos followers y hasta escribieron un libro sobre él, pero se metió en un bollo político y terminó siendo procesado por suplantación, todo porque quiso poner un gimnasio y llamarlo "El rey de los Pilates". Lo condenaron a la latigación pero se dañó el látigo (era chino) así que pasaron al siguiente castigo que era la cruz. Como la cruz la montaron en un poste de luz, hizo corto y el pueblo quedó a oscuras 3 dias y 3 noches. A Jesús lo consideraron muerto y lo enterraron pero era solo catatonia y tristeza porque se había sentido abandonado por su padre biológico. Un poco turulato, anduvo envuelto en vendas, vagando por el pueblo. Un niño que lo vió, le dijo a la mamá, "mira, la miomia. Ha regresado". Otro niño salió llorando porque pensó que había llegado el apocalipsis zombie. Y ahí llegó Santo Tomás y para demostrar que no era ni lo uno ni lo otro, le metió al Resurrecto el dedo en la llaga. El dolor y la ira fueron tantas que Jesús despertó. Después de una sesión de selfies para Instagram, decidieron hacer una reunión de prensa con todos los seguidores del canal de Youtube y de facebook, a la que confirmaron asistencia doscientos pero sólo fueron once. Hicieron una rave y ahí sí estuvo todo el pueblo. Hubo tanta droga y alcohol que todos salieron hablando en lenguas. Al día siguiente, el titular en primera página fue: "Jesús no estaba muerto, andaba de parranda".

FELIZ NAVIDAD

martes, 22 de diciembre de 2015

DE ESCUALOS, LEMMINGS Y MISSES



Ahora que ocurrió el "lalalincident" en los Óscares, tan cercano además al último reinado (no los veo, solo los critico) era imposible dejar de recordar aquel incidente de Miss Universo 2015. Ya los invité a revisitar la columna que escribí hace un tiempo, titulada "de reinados y otros afrodisíacos", donde hablaba de todas las cualidades que se han explotado en el sector femenino desde mayo del 68 y que se anulan tan impunemente en estos certámenes. 

La verdad es que no dejo de pensar en las aletas del tiburón. El escualo, un animal tan fascinante, temido por la fuerza de sus mandíbulas, fundamental para la permanencia del ecosistema marino, es cazado y cercenado por algo que quizá sea un mito: lo afrodisiaco de su aleta. Es mutilado y vuelto a dejar en el mar, donde, sin esa parte de su cuerpo, morirá de inanición o quizá atacado por otros de su misma especie. 
Las candidatas de los reinados, se dejan cortar su aleta, se montan en zancos y, hermosas balbuciendo respuestas, se van hundiendo en el fondo del océano. La que gana queda un tiempo más flotando en la superficie, pero una vez reina, siempre serás reina, y muy pocas se han zafado de ese sino. La mayoría, ganadoras o no, si acaso terminan en CNN o les reconstruyen la aleta para trabajar en alguna serie de TV.

Estaba leyendo en estos días acerca de lo que hacen las productoras de TV para ganar audiencia en los programas de docurealities sobre oficios: camioneros, pescadores, tatuadores, empeñadores, etc., sobre cómo preparan todo para que la vida de gente común parezca interesante, heróica y hasta mesiánica. Una vida que podría limitarse a papeleo aburrido, se convierte en un despelote de escenas tipo Laura en América, a cual más patéticas.
Freud decía que el ser humano es, la mayor parte del tiempo, un animal con pulsiones de vida, de muerte y de sexo, pero no es eso lo que queremos recordar de nosotros mismos cuando estamos exhalando nuestro último aliento. Queremos pensar que no vivimos tantos siglos sólo para hacer lo mismo que una bacteria, un mono o una sardina, responder a cadenas pavlovianas de estímulo-respuesta. Queremos pensar que tenemos alguna trascendencia. Esto me hace pensar en los lemmings. Durante tanto tiempo los tomamos por una especie fallida, que debía haberse extinguido siglos atrás por sus tercas tendencias suicidas. Hasta que se destapó la verdad: todo había sido libreteado por los productores de Disney a falta de una historia real y a la vez entretenida qué contar. Los animalitos habían sido acorralados contra el borde de un acantilado y filmados mientras, sin más espacio para correr, caían unos tras otros al helado mar.
En el tema de los reinados, pareciera que los productores, angustiados ante la paulatina pérdida de interés del mundo respecto de estos certámenes, hubiera recurrido, adrede, al escándalo. Aunque las caras atónitas de las concursantes revelen que, de ser así, ellas han sido apenas unas conejillas de Indias. No sería de extrañarse, teniendo en cuenta que en la historia del mundo, los escándalos que han dado inicio a ciertas guerras, han sido a veces una puesta en escena. Obvio, no vamos a comparar esas tragedias con un evento reinado, donde no se puso en riesgo la vida de ningún animal. ¿O sí?



martes, 10 de noviembre de 2015

LA HISTORIA DEL EDÍPICO EDDIE PO

“Edipo y la Esfinge", François Émile Ehrmann (1903)


Hace muchos, pero muchos... días, El Rey de Tebas y su esposa, Yocasta, tuvieron un hermoso hijo. Edmonton. Era una mañana hermosa en aquella ciudad y mientras tomaban el café, don Rey se puso a leer El Espectador. Se aprestó a leer: “Tauro, hoy te espera una gran sorpresa. Geminis, ten cuidado con los hombres rubios. Cáncer, hoy es un excelente día para hacer negocios. Enciende muchas velas blancas". Se detuvo en Leo, que era el signo de su pequeño hijo. Y casi se atora cuando lee: tus padres deben tener cuidado, pues serás un incestuoso y un parricida. El rey siente una bolita que le sube y le baja, piensa que es su bilirrubina y decide que ya no quiere ser papá. Llamó a su psicoanalista Sigmundós Freudópolus, éste le dijo que su hijo sufriría el complejo, "de... ¿Cómo se llama su hijo? ¿Edmonton? Así se llamará el complejo". Y asi se llamó en un comienzo. Sigmundós Freudópolus le dijo que eso era normal, que todos los niños se enamoraban de sus madres, que a él también le había pasado. El rey pensó en su propia madre y no volvió a tocar a Yocasta. Pero también decidió regalar a su hijo al mejor postor. Perdón. Pastor. Así que se paró frente al castillo con su hijo sobre una mesa y un cartel que decía, όλα χίλια, es decir, todo a mil. Y a un pastor de ovejas que pasó, se lo vendió. El buen hombre llevaba una oveja y una gallina al hombro, ambas atadas por las patas, así que apenas le dieron el niño lo amarró tambien de las pezuñitas y se lo echó encima. El rey se quedó suspirando por la decisión que había tomado pero también preguntándose si no era que el campesino estaba mal de la vista.
El padre putativo del niño anduvo durante doce horas, una jornada laboral completa, y cuando se sintió abrumado con tanto peso a sus espaldas, decidió desamarrar a la oveja e ir tomándola de la mano mientras gallina y párvulo se balanceaban y entrechocaban y vomitaban alegremente en su espalda. Al llegar a su humilde rancha, los pies de la pobre criatura y los del niño estaban hinchados. La esposa apenas vio esto, tomo al niño y exclamó: ¿De donde salió esta... cosa? Parece un bebé. A lo que el hombre se mostró asombrado y le respondió que pensaba que le estaban vendiendo un salchichón cervecero. La mujer lo tomó de la cabuya y comenzó a darle vueltas por todos lados. Los pies del niño se habían hinchado tanto que lo hacían ver como un animalito de globito hecho por un payaso con parkinson. Le daba vueltas para un lado y otro y no veía dónde empezaba y dónde terminaba aquello. Hasta que le vio un lunar que decía: Este lado arriba. Y ahí supo que ésa era la cabeza. Lo desamarró, limpió el vómito, lo vistió y comenzó a pensar qué nombre le pondría. Ahí vio que el bebé, colgada al cuello, tenía una medalla de la virgen (una de las once mil) que por detrás decía “para Ed". Y como su esposo era de ascendencia china, de apellido Po, el niño se llamó Ed Po. Aunque algunos dicen que la familia en realidad había venido de Chile, pero ésta es una versión apócrifa. Cuentan que cuando Ed fue más grande fundó una ciudad, y la nombró como su madre, Lily Po. A los habitantes de dicha ciudad los llamaban lilipotienses.
En todo caso, con el tiempo al niño lo terminaron llamando Eddie Po. Aunque eso en griego sonaba demasiado parecido a “patinchao". Lo cual no distaba, por otro lado, de la forma como sus padres putativos lo habían conocido.
Y así creció el niño, viviendo esa vida bucólica y sencilla, entre pastores. Pero ocurrió que, de haber sido un patinchao, a medida que crecía se iba volviendo más un hinchapelotas. A las mujeres les desbarataba el tejido, en las noches le costaba dormirse así que se ponía a contar ovejas y al papá en la mañana le tocaba salir a buscarlas y volverlas a contar. La madre le dijo que debía hacer algún deporte y lo encontró jugando  al discóbolo con las gallinas. Ahí definitivamente le prohibieron la entrada a los corrales. No encontró mejor diversión que ir a medianoche al templo de Afrodita y hacerles el mohicano a las sacerdotisas mientras dormían, le hacía dreadlocks al hierofante en la cabeza y le esquilaba la barba, y a los niños les desprogramaba los nintendos. Llegó a ser tan odiado e irrespetado por su pueblo que un día lo declararon persona Unfollowed y le tocó irse. Para entonces ya tenía quince años.
Salió pues Ed con su mochila al hombro y el dolor en el pecho (además de un ojo morado que le dejaron de recuerdo) a caminar por los valles y los bosques, cuando una mañana, en medio del camino, se topó con un majestuoso, enorme animal. Mitológico. O en otras palabras, lo-que-podríamos-haber-extinguido-si-hubiera-existido. Una esfinge.
—Buenos días, viajero —le dijo solemne y su voz retumbó por millas a la redonda—. Si me contestas esta pre... ¿Eh? —se interrumpió la ancestral mujer al ver que el muchachito se estaba tratando de subir sobre su lomo—. ¿Qué haces, mocoso?
—¿Cuánto cobra por la hora?
—¿Cómo? —bufó el ser mitológico—. ¿Por quién me tomas?
—La hora de cabalgata —completó el muchacho, y seguía haciendo esfuerzos sobrenaturales por llegar a la cima de su lomo—. Nunca había visto un caballo tan grande. 
La esfinge lo tomó entre sus dientes con cuidado y lo puso frente a ella.
—Soy una esfinge, no un vulgar caballo —le dijo con el ceño fruncido —. Y sólo si contestas mi pregunta podrás pas... ¡Hey!
El niño se había acercado a su cara y le estaba jalando los bigotes.
—Qué dientes tan grandes tienes —le dijo asombrado.
—Creo que eso es de otro cuento, niño. ¿Pero me vas a responder la...? ¿Qué? ¿Qué estás mirando?
—Puedo ver dentro de tu nariz. Y creo que veo un moco.
La enorme esfinge se sentó sobre sus patas traseras y se rascó el hocico con una de las delanteras. Luego le acercó la cara.
—¿Ya?
—Ahora está en tu pata.
La esfinge se examinó y se lamió.
—Ahora sí, ponme cuidado muchachito.
—¿Nunca has sufrido de pulgas? —la volvió a interrumpir—. Apuesto a que son enormes.
La esfinge lo miró, sus ojos dos antorchas ardientes, posición de ataque, orejas hacia atrás, exposición de todos los dientes. Le resopló.
—¡Mocoso malcriado! ¡Cómo te atreves...!
El niño volteó la cabeza.
—Mira, ese camino parece llevar al mismo lado. Te vi —y salió corriendo. La esfinge rugió enfurecida pero cuando se le pasó la rabia, se dio cuenta de que había sido su error no hacerse en el cuello de la “Y" sino en una de sus divisiones. Así que colgó sus hábitos esfingiles y se enlistó en la escuela de grifos.
Así siguió caminando el joven, casi un día entero, hasta que se encontró subiendo una montaña. Era cada vez más escarpado el camino y de repente se encontró avanzando por un desfiladero. Era muy estrecho y sentía vértigo cuando miraba hacia abajo. De repente alzó la cabeza y se dio cuenta de que tenía en frente a un hombre mayor con ropas muy finas. A ambos les temblaban las piernas.
—Buenos días, joven. Mire, ésta es la situación. Yo necesito ir hacia allá —y señaló con la boca porque el desfiladero era tan estrecho que no permitía mucha gesticulación—. Soy el rey de este país y tengo un asunto muy importante que resolver. La única manera que tenemos para solucionar este impase es que usted se devuelva para que yo pueda pasar.
—No le aconsejo que pase. Vengo de allá y no se está perdiendo de nada. Hay una aldea de gente muy aburrida y regañona y un caballo muy grande que dijo llamarse dizque Extingue, que tiene mocos en la nariz y pulgas del tamaño de ovejas. Apuesto a que allá de donde usted viene hay cosas más interesantes qué hacer.
—Mire, niño. Mi hijo vive del otro lado de esta montaña y yo...
—Su hijo está bien, déjelo ser. No puede ser tan sobreprotector. Déjelo respirar, ¡por Zeus! Más bien nos vamos para allá y usted me presta su cédula para pedir unas cervezas —y lo empujó suavemente. El rey se resistió.
—No—dijo comenzando a impacientarse—. Debo decirle a mi hijo quién es y darle su derecho al trono.
—Sí —gruñó Eddie y aplicó un poco más de fuerza—. Yo quiero mucho una cerveza. Nadie me deja tomar cerveza en mi pueblo.
El suelo debajo de ellos comenzó a desmoronarse.
—Que no —insistio el rey—. Tengo que salvar mi matrimonio. Mi esposa me dijo que si no le devuelvo a su hijo voy a seguir durmiendo en el sofá.
—¡Quiero cerveza! —gritó el muchacho y zapateó. Un trozo grueso de roca se desprendió y cayó al vacío.
—¡Le ordeno que me deje pasar, o lo llevo preso! —dijo el hombre y zapateó más fuerte. Se desprendió un pedazo tan grande que él casi cae.
—Pues lléveme preso, con eso le toca devolverse de una vez —zapateó el adolescente. Al hacerlo casi se queda sin piso y le tocó avanzar.
—¿Ve lo que acaba de hacer? —vociferó el rey forzado a retroceder y tratando de no perder el equilibrio en la maniobra—. Me dejó sin posibilidades de seguir. Va a tocar devolveeee... —todo el pedazo de piso que lo sostenía se desprendió y se lo llevó abismo abajo. Ed tuvo que dar un salto descomunal hacia adelante porque todo el desfiladero se empezó a derrumbar a sus espaldas estilo Indiana Jones. Arrancó a correr llorando, temiendo por su vida y por su suerte.
—Al menos me hubiera dejado su cédula, viejo hijodeputa.
Todo polvoriento y cansado, logró descender hasta el pie de la montaña, y a la sombra de un árbol se acurrucó y lloró. De repente, su destino vino volando hacia él y lo golpeó en la cara. Sí. La sección del periódico llamada Su Destino. “Leo, matarás a tu padre y te casarás...". Dio vuelta a la hoja y vio que se trataba de los clasificados. Pensando que habría algún trabajo para él, se puso a leerlos. Hasta que vio: Mujer madura, dueña de todos los acres de la comarca, viudita y a la orden, busca joven soltero para relación estable y ver juntos el atardecer. Supuso que era la esposa del hombre a quien había visto suicidarse por accidente y occisarse. Pensó que los chismes vuelan, que él le haría y partió. Pensó que ella por fin iba a invitarlo a una cerveza. Encontró un arroyo, se bañó en él, luego buscó un Only, compró ropas nuevas y partió. Preguntando preguntando le respondieron mil veces: ¿Acaso está ciego? ¿Con lo grande que es el castillo y todavía no lo ve?
Al fin llegó, tocó el timbre y salió una mucama a abrirle.
—Vengo por el anuncio —le dijo, y ella, callada, lo llevó donde estaban las herramientas de jardinería. El joven se sintió confundido.
—Ah, es que a la reina le gustan los fetiches —dijo al fin. Ahora fue la mucama quien se sintió confundida.
—¿No venía por el anuncio de “se busca jardinero"?
—No, vengo por el “otro” anuncio, if you  know what I mean —y le guiñó el ojo.
La mucama lo llevó a la cocina.
—Ah, a la reina le gusta —y el mismo se interrumpió—. Déjeme adivinar. ¿También necesitan cocinero? —preguntó el joven.
—Sí, disculpe. Va a tener que ser más especifico. La reina está renovando personal y...
—Vengo por este anuncio —y le mostró el pedazo de periódico. La mucama pareció sonrojarse un momento.
—Aahhh... Oohh... Oh —concluyó, cada vez más perturbada, y lo condujo a la sala de espera. Le pasó una revista para que leyera y le pasó un turno. La música de Ray Coniff sonaba en los altavoces, luego sonó una de Richard Clayderman seguida por... Lo despertó un coro marcial de trompetas. Entraba la reina con... Ah, verdad que estamos en Grecia. ¿Nada de crinolinas, de corsés, de tafetán ni de canutillos? ¿No? Bueno. Venía dando saltitos en una túnica. Se le daba esto de dar saltitos. Se miraron y ella sin duda sintió algo raro. Pensó que era Cupido que la había flechado. Luego se dijo que esa punzada que le vino estaba muy abajo para ser obra de Cupido. Se respondió que claro, que si Cupido andaba a ciegas no tenía por qué tener puntería.  Entonces se preguntó si no era más bien su colon irritable o su SPM (síndrome pre menopáusico) pero después se dio cuenta de que el muchachito que tenía al frente se parecía mucho a su difunto esposo. (Siguiendo con el SPM, ella tenía 25 años para entonces pero hay que recordar que la expectativa de vida en esa época era mucho más baja y todo llegaba más pronto, y por si acaso, la jubilación también). Pensó en invitarlo a un milo caliente con galletas porque lo vio muy chiqui, pero él fue muy claro en que quería una cerveza (por si están haciendo cuentas, sí, lo había tenido a los 10, en esa época era normal). Así que le cumplió el deseo. Se enamoró de su energía, de su sencillez y le pareció kiut que fuera tan travieso y tan impertinente. Sobre todo, ignoró que la soledad es mala consejera y que su SPM la tenía muy hormonal, y en una semana se casó con él. Él no estuvo muy convencido. Las crisis de calor y de histeria no le cayeron muy en gracia. Y cuando le dijo que sólo quería verla bailar y meterle billetes de a mil entre el calzón para luego retozar un rato entre las sábanas, ella le dijo que a los menores de edad no les dejaban hacer eso, que la única manera era casándose con un adulto responsable. Que además, a ella le dijo que le parecía importante llegar virgen al matrimonio. El joven doncel no cayó en cuenta de que la cougar queen se estaba refiriendo a la virginidad de él, se compadeció por la crueldad del antiguo rey de dejar madurar a su mujer sin haberle hecho el favorcito nunca, y se sintió compasivo y paciente. Así pues, se casaron con bombos y platillos, y con muchos esclavos abanicándola para ayudarla con esos calores, y la primera noche hubo mucha sangre, que él pensó que era de ella y no le importó su propio dolor ni su hinchazón y quedó contento con su rol de amante.
Dos hijos después y varias idas a urgencias por peleas domésticas, la historia cuenta que nuestro Ed, ya más adulto y menos fastidioso, se da cuenta de que su esposa es en realidad su propia madre y se saca los ojos. Pero fue en realidad así: ella se quedó mirando una mañana la flamante nalga de su amante esposo, el lunar en forma del perfil de Hitchcock (por supuesto que no sabían quién era ese tipo porque no había nacido, pero lo llamaban el lunar Hitchcock y era propio de toda la familia real de Tebas por parte de madre), y por primera vez en toda su relación, la reina se puso los lentes. Ahí lo comparó con su propio lunar y exclamó, emocionada, asqueada: ¡Hijo! ¡Hijo mío! Él se volteó boca arriba y respondió: ¿De modo que no eras virgen? Y en esa discusión irreconciliable decidieron pedirse el divorcio, motivos incesto y desfloración previa. Y he aquí que entre los honorarios de su propio abogado y las demandas del abogado de su esposa-madre, a Eddie Po le arrancaron un ojo de la cara y luego el otro. Y así nuestro Ed quedó vagando, sin reino, sin ojos, sin plata, estudiando derecho y braille en una universidad pública, obsesionado por hacerle un estudio de ADN a cada mujer con quien salía y por verle la nalga a todas en la primera cita (tocarle... hacerse describir...). Así se quedó, señalado como un pervertido por todas las mujeres, segregado como un paria, soñando con que los habitantes del pueblo de su infancia le dieran #FF de nuevo, y una tarde mientras lloraba al pie de un árbol llegó volando una esfinge con máster en grifo y se lo comió.

sábado, 31 de octubre de 2015

Especial Halloween

El siguiente cuento, "Blatta", saldrá publicado el el libro Bestias, de mi autoría, que estará en las librerías a partir de noviembre del 2015. Apareció en la edición de Halloween de El Tiempo hace un par de días y quiero compartirlo con ustedes en esta fecha tan especial, que recuerda, por otro lado, el origen de nuestras culturas occidentales en un remoto pasado donde predominaba el pensamiento mágico, mítico y en últimas, sagrado.



A Blatta, los que están afuera, exiliados de su conciencia, la verán caminar sobre seis patas blandiendo alegre dos antenas largas. Pensarán que le encanta acariciar el piso con su panza alargada. Los darwinistas dirán que algo llamado evolución la ha forzado a ser así. La ciencia olvida que cuando la nada explotó, como un jarrón, todos los pedazos quedaron signados con un tamaño, una forma y una función. Todos los pedazos, si se ponen uno al lado del otro, volverán a coincidir. La forma de los linderos entre uno y otro no se dio de una forma práctica, sino de una forma creativa y sensible. Pues el mundo es uno solo; cada cual decide cómo adaptarse a él. 
Blatta es capaz de oler tus jabones desde lejos. Cuando no estás, sale de su escondite en el rincón de la alacena o a veces bajo el sifón de la cocina. Del intersticio de la caja registradora y de la báscula del mercado. El calor de tu televisión vieja la arrulla en las noches frías, aunque en realidad no le importa tanto el frío. Mientras duermes, roe tus pastillas de chocolate en la despensa, las cáscaras de fruta en tu basura, tus zapatos. Sus hermanas han estado en el matadero probando la sangre de las reses recién degolladas, en las bodegas del supermercado midiendo la circunferencia de las cebollas, empachándose entre las panelas, en los restaurantes lamiendo los cuchillos que deja el cocinero mientras responde el teléfono. Lo que las demás han visto, lo ha visto ella. No hay nada que las otras hagan y que ella no sepa. No hay nada que ella haga que sus hermanas no sepan. Si alguna sufre la parálisis progresiva que causan tus venenos, si alguna queda pegada en la goma de tus trampas y sufre la tortura interminable del hambre, todas las demás conocerán en ese mismo instante el olor y el sabor que empapa su muerte. Cada vez que aplastas a una, todas sufren el dolor. Ella y su raza han resistido tantos siglos como tú. Han conquistado los mismos parajes hostiles que tú. Han conseguido vadear las alturas. Los desiertos. Pero estas nimiedades no han sucedido por una razón práctica ni por adaptación, sino porque desde el comienzo ese fue su sentir. A la Conciencia, por otro lado, todo esto le es indiferente. 
Blatta había dedicado su vida a probar todas las sustancias que se le presentaran. Le gustaba el sabor agridulce de la piña cuando tomaba su tonalidad café. Emborracharse con los hongos del pan. Le gustaban más los de color rojo. Ir lamiendo los olores y deleitarse sabiendo que se hallaba cerca de la fuente. De las noches, lo mejor eran sus sueños clasificatorios. Consistían en agrupar los sabores y olores nuevos según su grado de fermentación, calificar los que le producían un malestar posterior como “cuidado, no comer” y los que le producían ese mareo agradable como “probar bajo su propio riesgo”. Aunque a veces esos sueños la llevaban a la muerte de sus antepasadas y conocía el sabor de los venenos que las habían matado. Despertaba agitada, volvía del horrendo sueño, la agonía. 
En las noches se juntaba con las otras en las cañerías a escuchar a las más ancianas hablar de lo importante que era seguir haciendo los bailes y los cantos. Ella no podía entender cómo, después de tantos cantos y bailes, su gente seguía muriendo. 
Blanca habitaba el pedazo del jarrón a un costado del pedazo llamado Blatta. Pero ella no amaba arrastrarse por el suelo ni tenía seis patas. En cambio, había aprendido otras artes. Leer. Los otros pedazos leen lo que el Universo escribe. Son capaces de predecir tormentas, huracanes, terremotos. Leer al amigo y al enemigo en el olor que dejan sus patas al pasar. Blanca, en cambio, había aprendido el arte de comunicarse con los muertos en lo que su especie llamaba libros. Ella leía todo que le pasaba por enfrente. Le gustaban los libros raros, los libros oscuros, los libros incunables, los que habían estado en las listas negras de las religiones. Andaba por las bibliotecas extendiendo sus palmas como si fueran narices frenéticas rastreando lo oculto. Ella sintió, desde antes de saber lo que era, el llamado del Señor Oscuro. Pero sabía que conocerlo exigiría todo sacrificio. Después de comer las vísceras crudas, almizcladas y llenas de excremento de un gato callejero, sintió que había llegado el momento. Sabía que el dios de la luz ofrecía la paz eterna y que el dios de las tinieblas ofrecía en cambio el placer y el conocimiento del mundo. Blanca no escogería la paz. Le era indiferente. Hasta el día en que se encontró con Blatta.
Para el extenso y variopinto pueblo de Blatta, nosotros somos percibidos como gigantescos insectos bípedos. Somos sus saurios. Ellas nos ven regodearnos en el sabor de los animales recién muertos. Saben que nos gusta cuando el sufrimiento de nuestra presa está cerca en el tiempo, aunque muchos de nosotros nos rehusemos a cazarlas con nuestros propios artilugios. Mientras más olvidado está el dolor, menos queremos comerlas. Ella pensaba que quizá por eso nosotros odiamos a su gente, porque prefieren comer la carne cuando ya está serena. Pero cuando se encontró con Blanca y probó su carne, aunque la muerte no había llegado, aunque su corazón latía y latía muy rápido, y aunque serenidad era lo que menos tenía, sintió de repente la urgencia de jugar con sus pedazos.
Blanca nunca le tuvo miedo a la muerte. La primera vez que sintió la presencia del Señor Oscuro, que fue en un supermercado, con el simple sonido chirriante de la llanta de un carrito cargado de verduras frescas y carnes embutidas, pensó que estaba lista para verlo de frente. Pensó que había perdido la capacidad de temer. O de sentir. Qué equivocada estaba. De todos modos, tenía un sueño, y ante la promesa de cumplírselo, sucumbió. Blanca quería ser bella y saberlo todo. Todo.
Blanca dibujó los signos en el piso con la sangre de una gallina negra. Dibujó con vísceras del gato negro que mató los cuatro portales y los cuatro pilares. Recitó las palabras que el Señor Oscuro le ha dictado en un sueño: Abro las puertas de la noche con la llave de la noche. Cruzo las puertas de la noche y bajo la larga escalera hacia la casa oscura. Todas las lámparas y las velas se apagaron. Los cuatro portales se iluminaron. De entre los signos en el suelo fue surgiendo una sombra. La sombra era de humo. Cuando Blanca terminó de recitar el conjuro, el fuego estalló. Fue quitándole, tira a tira, todas las zonas de su piel. Ella gritaba, rugía, aullaba, chillaba. Pero oía la voz de su Señor porque la voz venía de adentro, de su vientre: Contempla mi obra. Mira qué hermosa te he hecho. Mira qué sabia. Conoces ahora la esencia de la vida. Se miró la mano, roja de sangre, en carne viva, salpicada de coágulos que se iban formando y haciendo costra. Toda ella era un solo dolor. Agonía eterna sin la posibilidad de la muerte. Tan abismada estaba mirando su sangre y su carne sin piel que no advirtió la presencia de Blatta, que se había colado bajo la puerta y la observaba con las antenas largas.
Blatta se fue acercando con cautela y no pudo evitar las ganas de jugar con los pedazos. La carne de Blanca olía a tocino ahumado. Blatta se balanceaba sobre las tiras ya secas de esa epidermis tan diferente a la suya, tan parecida a las de las reses y los cerdos. Caminaba por entre riachuelos de todos los tonos de rojo. Desde el naranja aguado hasta el vinotinto y púrpura casi seco. Desde el oxigenado escarlata arterial hasta el espeso y sucio rojo de las venas. De vez en cuando sacaba la lengua, larga de un marrón lustroso, y saboreaba, y avanzaba porque comprobó que lo líquido se secaba más rápido de lo que había pensado. La pequeña cucaracha oyó los gemidos, las súplicas de Blanca, y nada pudo hacer.
Las dos se miraron. Blanca deseó ser Blatta. Deseó dejar de sentir dolor. Blatta se preguntó si Blanca acaso estaba cambiando de piel. Si estaba en la naturaleza de esos animales enormes el cambiar de piel como las serpientes.